Hechos
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Capítulo 1
1 El primer tratado he hecho, oh Teófilo, de todo lo que Yeshua comenzó a hacer y a enseñar,
2 Hasta el día en que fue recibido arriba, después de que, por medio del Espíritu Santo, había dado mandamientos a los apóstoles a quienes había escogido;
3 A quienes también se mostró vivo, después de su padecimiento, con muchas pruebas infalibles, siendo visto por ellos durante cuarenta días, y hablando de las cosas pertenecientes al reino de Yahweh;
4 Y, estando reunido con ellos, les mandó que no se apartaran de Jerusalén, sino que esperaran la promesa del Padre, la cual, dice él, oísteis de mí.
5 Porque Juan ciertamente bautizó con agua; pero vosotros seréis bautizados con el Espíritu Santo dentro de no muchos días.
6 Cuando ellos, por tanto, se hubieron reunido, le preguntaron, diciendo: Yeshua, ¿restaurarás en este tiempo el reino a Israel?
7 Y él les dijo: No os toca a vosotros conocer los tiempos ni las épocas, que el Padre ha puesto en su propia potestad.
8 Pero recibiréis potestad, cuando el Espíritu Santo haya venido sobre vosotros; y me seréis testigos tanto en Jerusalén, como en toda Judea, y en Samaria, y hasta lo último de la tierra.
9 Y cuando hubo hablado estas cosas, mientras ellos le miraban, fue recibido arriba; y una nube le recibió fuera de su vista.
10 Y mientras ellos miraban fijamente hacia el cielo mientras él se iba, he aquí, dos hombres se pusieron junto a ellos con vestiduras blancas;
11 Los cuales también dijeron: Varones de Galilea, ¿por qué estáis mirando al cielo? Este mismo Yeshua, que ha sido tomado de vosotros al cielo, vendrá así de la misma manera como le habéis visto ir al cielo.
12 Entonces volvieron a Jerusalén desde el monte llamado de los Olivos, que está cerca de Jerusalén, un viaje de un día de reposo.
13 Y cuando hubieron entrado, subieron al aposento alto, donde moraban tanto Pedro, como Jacobo, y Juan, y Andrés, Felipe, y Tomás, Bartolomé, y Mateo, Jacobo el hijo de Alfeo, y Simón el Zelote, y Judas el hermano de Jacobo.
14 Todos estos perseveraban unánimes en oración y súplica, con las mujeres, y María la madre de Yeshua, y con sus hermanos.
15 Y en aquellos días, Pedro se levantó en medio de los discípulos, y dijo, (el número de los nombres juntos era como ciento veinte,)
16 Varones y hermanos, era necesario que se cumpliera esta Escritura, la cual el Espíritu Santo habló antes por la boca de David acerca de Judas, que fue guía de los que prendieron a Yeshua.
17 Porque él era contado con nosotros, y había obtenido parte de este ministerio.
18 Ahora bien, este hombre compró un campo con la recompensa de la iniquidad; y cayendo de cabeza, se reventó por la mitad, y todas sus entrañas se derramaron.
19 Y fue conocido por todos los habitantes de Jerusalén; de tal manera que aquel campo es llamado en su propia lengua: Acéldama, es decir: El campo de sangre.
20 Porque está escrito en el libro de los Salmos: Sea hecha desierta su morada, y no haya quien more en ella; y: Tome otro su cargo.
21 Por lo tanto, de estos hombres que han estado con nosotros todo el tiempo que Yeshua entraba y salía entre nosotros,
22 Comenzando desde el bautismo de Juan, hasta aquel mismo día en que fue recibido arriba de nosotros, es necesario que uno sea ordenado para ser testigo con nosotros de su resurrección.
23 Y señalaron a dos: a José, llamado Barsabás, que tenía por sobrenombre Justo, y a Matías.
24 Y oraron, y dijeron: Tú, Yeshua, que conoces los corazones de todos los hombres, muestra cuál de estos dos has escogido,
25 Para que tome parte de este ministerio y apostolado, del cual Judas cayó por transgresión, para irse a su propio lugar.
26 Y les echaron suertes; y la suerte cayó sobre Matías; y fue contado con los once apóstoles.
Capítulo 2
1 Y cuando llegó el día de Pentecostés, estaban todos unánimes en un mismo lugar.
2 Y de repente vino del cielo un estruendo como de un viento recio que soplaba, el cual llenó toda la casa donde estaban sentados;
3 Y se les aparecieron lenguas repartidas, como de fuego, y se asentó sobre cada uno de ellos.
4 Y fueron todos llenos del Espíritu Santo, y comenzaron a hablar en otras lenguas, según el Espíritu les daba que hablasen.
5 Y moraban en Jerusalén judíos, varones piadosos, de todas las naciones bajo el cielo.
6 Y cuando este estruendo se difundió, se juntó la multitud; y estaban confusos, porque cada uno los oía hablar en su propia lengua.
7 Y estaban atónitos y maravillados, diciendo unos a otros: He aquí, ¿no son galileos todos estos que hablan?
8 ¿Cómo, pues, los oímos nosotros hablar cada uno en nuestra lengua, en la que hemos nacido?
9 Partos, y medos, y elamitas, y los que habitan en Mesopotamia, y en Judea, y en Capadocia, en el Ponto, y en Asia,
10 En Frigia, y Panfilia, en Egipto, y en las partes de Libia que están cerca de Cirene, y extranjeros de Roma, judíos y prosélitos,
11 Cretenses y árabes, los oímos hablar en nuestras lenguas las maravillas de Yahweh.
12 Y estaban todos atónitos, y perplejos, diciendo unos a otros: ¿Qué quiere decir esto?
13 Otros, burlándose, decían: Están llenos de mosto.
14 Entonces Pedro, poniéndose en pie con los once, alzó su voz, y les habló diciendo: Varones de Judea, y todos los que habitáis en Jerusalén, esto os sea notorio, y oíd mis palabras;
15 Porque estos no están embriagados, como vosotros suponéis, puesto que es la hora tercera del día.
16 Mas esto es lo dicho por el profeta Joel;
17 Y acontecerá en los últimos días, dice Yahweh, que derramaré de mi Espíritu sobre toda carne; y vuestros hijos y vuestras hijas profetizarán, y vuestros jóvenes verán visiones, y vuestros ancianos soñarán sueños;
18 Y también sobre mis siervos y sobre mis siervas derramaré en aquellos días de mi Espíritu; y profetizarán.
19 Y mostraré prodigios arriba en el cielo, y señales abajo en la tierra; sangre, y fuego, y vapor de humo;
20 El sol se volverá en tinieblas, y la luna en sangre, antes que venga el día grande y manifiesto del Yeshua;
21 Y acontecerá que todo aquel que invocare el nombre del Yeshua, será salvo.
22 Varones de Israel, oíd estas palabras: Yeshua de Nazaret, varón aprobado por Yahweh entre vosotros con milagros y prodigios y señales, que Yahweh hizo por medio de él en medio de vosotros, como también vosotros sabéis;
23 A él, entregado por el determinado consejo y presciencia de Yahweh, prendisteis, y por manos de inicuos lo crucificasteis y matasteis;
24 Al cual Yahweh levantó, sueltos los dolores de la muerte, por cuanto era imposible que fuese retenido por ella.
25 Porque David dice de él: Veía al Yeshua siempre delante de mí; porque está a mi diestra, para que yo no sea conmovido;
26 Por lo cual mi corazón se alegró, y mi lengua se gozó; y aun mi carne descansará en esperanza;
27 Porque no dejarás mi alma en el infierno, ni permitirás que tu Santo vea corrupción.
28 Me hiciste conocer los caminos de la vida; me llenarás de gozo con tu presencia.
29 Varones y hermanos, os sea permitido hablaros libremente del patriarca David, que murió y fue sepultado, y su sepulcro está con nosotros hasta el día de hoy.
30 Siendo, pues, profeta, y sabiendo que Yahweh le había jurado con juramento que del fruto de sus lomos, según la carne, levantaría al Mesías para que se sentase en su trono;
31 Viéndolo antes, habló de la resurrección del Mesías, que su alma no fue dejada en el infierno, ni su carne vio corrupción.
32 A este Yeshua levantó Yahweh, de lo cual todos nosotros somos testigos.
33 Así que, exaltado por la diestra de Yahweh, y habiendo recibido del Padre la promesa del Espíritu Santo, ha derramado esto que vosotros veis y oís.
34 Porque David no subió a los cielos; pero él mismo dice: Yahweh dijo a mi Yeshua: Siéntate a mi diestra,
35 Hasta que ponga a tus enemigos por estrado de tus pies.
36 Sepa, pues, ciertísimamente toda la casa de Israel, que Yahweh ha hecho a este mismo Yeshua, a quien vosotros crucificasteis, Yeshua y Mesías.
37 Y cuando oyeron esto, se compungieron de corazón, y dijeron a Pedro y a los demás apóstoles: Varones y hermanos, ¿qué haremos?
38 Entonces Pedro les dijo: Arrepentíos, y bautícese cada uno de vosotros en el nombre de Yeshua el Mesías para perdón de los pecados; y recibiréis el don del Espíritu Santo.
39 Porque para vosotros es la promesa, y para vuestros hijos, y para todos los que están lejos; para cuantos Yeshua nuestro Yahweh llamare.
40 Y con otras muchas palabras testificaba y les exhortaba, diciendo: Sed salvos de esta perversa generación.
41 Entonces los que recibieron con gozo su palabra fueron bautizados; y se añadieron aquel día como tres mil almas.
42 Y perseveraban en la doctrina de los apóstoles, y en la comunión, y en el partimiento del pan, y en las oraciones.
43 Y vino temor sobre toda alma; y muchos prodigios y señales eran hechos por los apóstoles.
44 Y todos los que habían creído estaban juntos, y tenían todas las cosas en común;
45 Y vendían sus posesiones y bienes, y los repartían a todos, según cada uno tenía necesidad.
46 Y perseverando cada día unánimes en el templo, y partiendo el pan en las casas, comían juntos con alegría y sencillez de corazón,
47 Alabando a Yahweh, y teniendo favor con todo el pueblo. Y el Yeshua añadía cada día a la iglesia los que habían de ser salvos.
Capítulo 3
1 Y Pedro y Juan subían juntos al templo a la hora novena, la de la oración.
2 Y era traído un hombre cojo desde el vientre de su madre, a quien ponían cada día a la puerta del templo que se llama la Hermosa, para que pidiese limosna de los que entraban en el templo;
3 El cual, viendo a Pedro y a Juan que iban a entrar en el templo, les rogaba que le diesen limosna.
4 Y Pedro, con Juan, fijando en él los ojos, le dijo: Míranos.
5 Entonces él les estuvo atento, esperando recibir algo de ellos.
6 Entonces Pedro dijo: No tengo plata ni oro; pero lo que tengo te doy: En el nombre de Yeshua el Mesías de Nazaret, levántate y anda.
7 Y tomándole por la mano derecha, le levantó; y al instante se le afirmaron los pies y los tobillos.
8 Y saltando, se puso en pie y anduvo; y entró con ellos en el templo, andando, y saltando, y alabando a Yahweh.
9 Y todo el pueblo le vio andar y alabar a Yahweh;
10 Y le conocían, que era el que se sentaba para pedir limosna a la puerta la Hermosa del templo; y se llenaron de asombro y espanto por lo que le había sucedido.
11 Y teniendo asidos a Pedro y a Juan el cojo que había sido sanado, todo el pueblo, atónito, concurrió a ellos al pórtico que se llama de Salomón.
12 Y viendo esto Pedro, respondió al pueblo: Varones de Israel, ¿por qué os maravilláis de esto? ¿O por qué ponéis los ojos en nosotros, como si por nuestro poder o piedad hubiésemos hecho andar a este hombre?
13 El Yahweh de Abraham, y de Isaac, y de Jacob, el Yahweh de nuestros padres, ha glorificado a su Hijo Yeshua; a quien vosotros entregasteis, y negasteis delante de Pilato, cuando él había resuelto ponerle en libertad.
14 Mas vosotros negasteis al Santo y al Justo, y pedisteis que se os diese un homicida;
15 Y matasteis al Príncipe de la vida, a quien Yahweh ha levantado de los muertos; de lo cual nosotros somos testigos.
16 Y su nombre, por la fe en su nombre, ha confirmado a este hombre que vosotros veis y conocéis; sí, la fe que es por él ha dado a este esta perfecta sanidad en presencia de todos vosotros.
17 Y ahora, hermanos, yo sé que por ignorancia lo habéis hecho, como también vuestros gobernantes.
18 Pero aquellas cosas que Yahweh había anunciado antes por boca de todos sus profetas, que el Mesías había de padecer, así las ha cumplido.
19 Arrepentíos, pues, y convertíos, para que sean borrados vuestros pecados; para que vengan de la presencia del Yeshua tiempos de refrigerio,
20 Y él envíe a Yeshua el Mesías, que os fue antes anunciado;
21 A quien es necesario que el cielo reciba hasta los tiempos de la restauración de todas las cosas, de las que Yahweh habló por boca de todos sus santos profetas desde el principio del mundo.
22 Porque Moisés ciertamente dijo a los padres: Un profeta os levantará Yahweh vuestro Yahweh de entre vuestros hermanos, como a mí; a él oiréis en todas las cosas que os hablare.
23 Y acontecerá que toda alma que no oyere a aquel profeta, será desarraigada del pueblo.
24 Sí, y todos los profetas desde Samuel y los que siguieron después, cuantos han hablado, también han anunciado estos días.
25 Vosotros sois los hijos de los profetas, y del pacto que Yahweh hizo con nuestros padres, diciendo a Abraham: Y en tu simiente serán benditas todas las familias de la tierra.
26 A vosotros primeramente, Yahweh, habiendo levantado a su Hijo Yeshua, lo envió para que os bendijese, apartando a cada uno de vosotros de sus iniquidades.
Capítulo 4
1 Y hablando ellos al pueblo, vinieron sobre ellos los sacerdotes, y el capitán del templo, y los saduceos,
2 Resentidos de que enseñasen al pueblo, y anunciasen en Yeshua la resurrección de entre los muertos.
3 Y les echaron mano, y los pusieron en la cárcel hasta el día siguiente; porque era ya tarde.
4 Pero muchos de los que habían oído la palabra creyeron; y el número de los varones era como cinco mil.
5 Y aconteció al día siguiente, que se reunieron sus gobernantes, y ancianos, y escribas,
6 Y Anás el sumo sacerdote, y Caifás, y Juan, y Alejandro, y todos los que eran del linaje del sumo sacerdote, estaban reunidos en Jerusalén.
7 Y poniéndolos en medio, les preguntaron: ¿Con qué potestad, o en qué nombre, habéis hecho vosotros esto?
8 Entonces Pedro, lleno del Espíritu Santo, les dijo: Gobernantes del pueblo, y ancianos de Israel,
9 Pues que hoy se nos examina acerca del beneficio hecho a un hombre enfermo, por qué medio éste ha sido sanado;
10 Sea notorio a todos vosotros, y a todo el pueblo de Israel, que en el nombre de Yeshua el Mesías de Nazaret, a quien vosotros crucificasteis, y a quien Yahweh levantó de los muertos, por él este hombre está en vuestra presencia sano.
11 Esta es la piedra reprobada por vosotros los edificadores, la cual ha venido a ser cabeza del ángulo.
12 Y en ningún otro hay salvación; porque no hay otro nombre bajo el cielo, dado a los hombres, en que podamos ser salvos.
13 Y viendo la osadía de Pedro y de Juan, y sabiendo que eran hombres sin letras e ignorantes, se maravillaban; y les reconocían que habían estado con Yeshua.
14 Y viendo al hombre que había sido sanado, que estaba en pie con ellos, no podían decir nada en contra.
15 Mas habiéndoles mandado salir fuera del concilio, conferenciaban entre sí,
16 Diciendo: ¿Qué haremos con estos hombres? Porque de cierto, una señal notable ha sido hecha por ellos, manifiesta a todos los que moran en Jerusalén, y no lo podemos negar.
17 Pero para que no se divulgue más entre el pueblo, amenacémoslos estrechamente, para que no hablen de aquí en adelante a ningún hombre en este nombre.
18 Y llamándolos, les mandaron que en ninguna manera hablasen ni enseñasen en el nombre de Yeshua.
19 Mas Pedro y Juan respondieron y les dijeron: Juzgad si es justo delante de Yahweh obedecer a vosotros antes que a Yahweh.
20 Porque no podemos dejar de decir lo que hemos visto y oído.
21 Entonces ellos, habiéndolos amenazado más, los soltaron, no hallando ningún modo de castigarlos, a causa del pueblo; porque todos glorificaban a Yahweh por lo que se había hecho.
22 Porque el hombre en quien se había hecho este milagro de sanidad tenía más de cuarenta años.
23 Y puestos en libertad, vinieron a los suyos, y contaron todo lo que los principales sacerdotes y los ancianos les habían dicho.
24 Y cuando lo oyeron, alzaron unánimes la voz a Yahweh, y dijeron: Yahweh, tú eres Yahweh, que hiciste el cielo, y la tierra, y el mar, y todo lo que en ellos hay;
25 Que por boca de tu siervo David dijiste: ¿Por qué se amotinaron las gentes, y los pueblos pensaron cosas vanas?
26 Se reunieron los reyes de la tierra, y los príncipes se juntaron en uno contra el Yahweh, y contra su Mesías.
27 Porque verdaderamente se juntaron contra tu santo Hijo Yeshua, a quien ungiste, Herodes, y Poncio Pilato, con los gentiles, y el pueblo de Israel,
28 Para hacer cuanto tu mano y tu consejo habían antes determinado que se hiciese.
29 Y ahora, Yahweh, mira sus amenazas; y concede a tus siervos que con todo denuedo hablen tu palabra,
30 Extendiendo tu mano para sanar; y que se hagan señales y prodigios por el nombre de tu santo Hijo Yeshua.
31 Y cuando hubieron orado, el lugar en que estaban congregados tembló; y todos fueron llenos del Espíritu Santo, y hablaban la palabra de Yahweh con denuedo.
32 Y la multitud de los que habían creído era de un corazón y un alma; y ninguno decía ser suyo propio nada de lo que poseía, sino que tenían todas las cosas en común.
33 Y con gran poder los apóstoles daban testimonio de la resurrección de Yeshua; y abundante gracia era sobre todos ellos.
34 Así que no había entre ellos ningún necesitado; porque todos los que poseían heredades o casas, las vendían, y traían el precio de lo vendido,
35 Y lo ponían a los pies de los apóstoles; y se repartía a cada uno según su necesidad.
36 Y José, a quien los apóstoles pusieron por sobrenombre Bernabé, (que interpretado es: Hijo de consolación,) levita, natural de Chipre,
37 Como tenía una heredad, la vendió, y trajo el dinero, y lo puso a los pies de los apóstoles.
Capítulo 5
1 Pero cierto hombre llamado Ananías, con Safira su mujer, vendió una heredad,
2 Y sustrajo del precio, sabiéndolo también su mujer; y trayendo una parte, la puso a los pies de los apóstoles.
3 Pero Pedro dijo: Ananías, ¿por qué llenó Satanás tu corazón para que mintieses al Espíritu Santo, y sustrajeses del precio de la heredad?
4 Reteniéndola, ¿no se te quedaba a ti? Y vendida, ¿no estaba en tu poder? ¿Por qué pusiste esto en tu corazón? No has mentido a los hombres, sino a Yahweh.
5 Y al oír Ananías estas palabras, cayó y expiró; y vino un gran temor sobre todos los que lo oyeron.
6 Y levantándose los jóvenes, lo envolvieron, y sacándolo, lo sepultaron.
7 Y pasó un lapso como de tres horas, cuando su mujer entró, no sabiendo lo que había acontecido.
8 Y Pedro le respondió: Dime, ¿vendisteis en tanto la heredad? Y ella dijo: Sí, en tanto.
9 Entonces Pedro le dijo: ¿Por qué os pusisteis de acuerdo para tentar al Espíritu del Yahweh? He aquí, los pies de los que han sepultado a tu marido están a la puerta, y te sacarán a ti.
10 Y al instante ella cayó a sus pies, y expiró; y cuando entraron los jóvenes, la hallaron muerta; y la sacaron, y la sepultaron junto a su marido.
11 Y vino gran temor sobre toda la iglesia, y sobre todos los que oyeron estas cosas.
12 Y por la mano de los apóstoles se hacían muchas señales y prodigios en el pueblo; (y estaban todos unánimes en el pórtico de Salomón;
13 Y de los demás, ninguno se atrevía a juntarse con ellos; mas el pueblo los alababa grandemente.
14 Y los que creían en el Yeshua aumentaban más, gran número así de hombres como de mujeres.)
15 De tal manera que sacaban los enfermos a las calles, y los ponían en camas y lechos, para que al pasar Pedro, a lo menos su sombra cayese sobre alguno de ellos.
16 Y aun venía una multitud de las ciudades vecinas a Jerusalén, trayendo enfermos y atormentados de espíritus inmundos; y todos eran sanados.
17 Entonces levantándose el sumo sacerdote, y todos los que estaban con él, (que es la secta de los saduceos,) se llenaron de celos,
18 Y echaron mano a los apóstoles, y los pusieron en la cárcel pública.
19 Mas el ángel del Yahweh, abriendo de noche las puertas de la cárcel, y sacándolos, dijo:
20 Id, y puestos en pie en el templo, hablad al pueblo todas las palabras de esta vida.
21 Y habiendo oído esto, entraron de mañana en el templo, y enseñaban. Y vino el sumo sacerdote, y los que estaban con él, y convocaron el concilio, y a todo el senado de los hijos de Israel, y enviaron a la cárcel para que fuesen traídos.
22 Pero cuando llegaron los alguaciles, no los hallaron en la cárcel; y volvieron, y dieron aviso,
23 Diciendo: Por cierto, la cárcel hallamos cerrada con toda seguridad, y los guardas en pie delante de las puertas; mas cuando abrimos, a nadie hallamos dentro.
24 Y cuando oyeron estas palabras el sumo sacerdote y el capitán del templo y los principales sacerdotes, dudaban en qué vendría a parar aquello.
25 Y viniendo uno, les dio esta noticia: He aquí, los varones que pusisteis en la cárcel están en el templo, y enseñan al pueblo.
26 Entonces fue el capitán con los alguaciles, y los trajo sin violencia; porque temían al pueblo, para no ser apedreados.
27 Y cuando los trajeron, los presentaron en el concilio; y el sumo sacerdote les preguntó,
28 Diciendo: ¿No os mandamos estrechamente que no enseñaseis en ese nombre? Y he aquí, habéis llenado a Jerusalén de vuestra doctrina, y queréis echar sobre nosotros la sangre de ese hombre.
29 Entonces respondieron Pedro y los demás apóstoles, y dijeron: Es necesario obedecer a Yahweh antes que a los hombres.
30 El Yahweh de nuestros padres levantó a Yeshua, a quien vosotros matasteis colgándole en un madero.
31 A él Yahweh ha exaltado con su diestra por Príncipe y Salvador, para dar a Israel arrepentimiento y perdón de pecados.
32 Y nosotros somos testigos suyos de estas cosas, y también el Espíritu Santo, el cual Yahweh ha dado a los que le obedecen.
33 Y ellos, oyendo esto, se enfurecían, y procuraban matarlos.
34 Entonces se levantó en el concilio un fariseo, llamado Gamaliel, doctor de la ley, venerado por todo el pueblo, y mandó que sacasen fuera por un momento a los apóstoles;
35 Y les dijo: Varones de Israel, mirad por vosotros lo que vais a hacer respecto a estos hombres.
36 Porque antes de estos días se levantó Teudas, diciendo que era alguien; a éste se unió un número de hombres como cuatrocientos; el cual fue muerto; y todos los que le obedecían fueron dispersos, y reducidos a nada.
37 Después de éste, se levantó Judas el galileo, en los días del censo, y llevó en pos de sí a mucho pueblo; pereció también él; y todos los que le obedecían fueron dispersados.
38 Y ahora os digo: Apartaos de estos hombres, y dejadlos; porque si este consejo o esta obra es de los hombres, se desvanecerá;
39 Mas si es de Yahweh, no la podréis destruir; no seáis tal vez hallados luchando contra Yahweh.
40 Y convinieron con él; y llamando a los apóstoles, después de azotarlos, les mandaron que no hablasen en el nombre de Yeshua, y los pusieron en libertad.
41 Y ellos salieron de la presencia del concilio, gozosos de haber sido tenidos por dignos de padecer afrenta por su nombre.
42 Y todos los días, en el templo y por las casas, no cesaban de enseñar y predicar a Yeshua el Mesías.
Capítulo 6
1 Y en aquellos días, como creciera el número de los discípulos, hubo murmuración de los griegos contra los hebreos, de que las viudas de aquéllos eran desatendidas en la distribución diaria.
2 Entonces los doce convocaron a la multitud de los discípulos, y dijeron: No es justo que nosotros dejemos la palabra de Yahweh, para servir a las mesas.
3 Buscad, pues, hermanos, de entre vosotros a siete varones de buen testimonio, llenos del Espíritu Santo y de sabiduría, a quienes encarguemos de este trabajo.
4 Y nosotros persistiremos en la oración y en el ministerio de la palabra.
5 Y agradó la propuesta a toda la multitud; y eligieron a Esteban, varón lleno de fe y del Espíritu Santo, y a Felipe, y a Prócoro, y a Nicanor, y a Timón, y a Parmenas, y a Nicolás, prosélito de Antioquía;
6 A los cuales presentaron ante los apóstoles, quienes, orando, les impusieron las manos.
7 Y crecía la palabra de Yahweh, y el número de los discípulos se multiplicaba grandemente en Jerusalén; también muchos de los sacerdotes obedecían a la fe.
8 Y Esteban, lleno de fe y de poder, hacía grandes prodigios y señales entre el pueblo.
9 Entonces se levantaron unos de la sinagoga llamada de los Libertos, y de los de Cirene, y de los alejandrinos, y de los de Cilicia y de Asia, disputando con Esteban.
10 Pero no podían resistir a la sabiduría y al Espíritu con que hablaba.
11 Entonces sobornaron a unos para que dijesen: Le hemos oído hablar palabras blasfemas contra Moisés, y contra Yahweh.
12 Y soliviantaron al pueblo, y a los ancianos, y a los escribas; y arremetiendo, le arrebataron, y le trajeron al concilio.
13 Y pusieron testigos falsos, que decían: Este hombre no cesa de hablar palabras blasfemas contra este lugar santo, y contra la ley;
14 Porque le hemos oído decir que este Yeshua de Nazaret destruirá este lugar, y cambiará las costumbres que nos dio Moisés.
15 Y todos los que estaban sentados en el concilio, al fijar los ojos en él, vieron su rostro como el rostro de un ángel.
Capítulo 7
1 Entonces el sumo sacerdote dijo: ¿Es esto así?
2 Y él dijo: Varones, hermanos, y padres, oíd: El Yeshua de gloria apareció a nuestro padre Abraham, estando en Mesopotamia, antes que morase en Harán,
3 Y le dijo: Sal de tu tierra y de tu parentela, y ven a la tierra que yo te mostraré.
4 Entonces salió de la tierra de los caldeos, y habitó en Harán; y de allí, muerto su padre, lo trasladó a esta tierra, en la cual vosotros habitáis ahora.
5 Y no le dio herencia en ella, ni aun para asentar un pie; pero le prometió que se la daría en posesión, y a su descendencia después de él, no teniendo aún hijo.
6 Y Yahweh le habló así: Que su descendencia sería extranjera en tierra ajena, y que los reducirían a servidumbre, y los maltratarían, por cuatrocientos años.
7 Mas yo juzgaré, dijo Yahweh, a la nación a la cual servirán; y después de esto saldrán, y me servirán en este lugar.
8 Y le dio el pacto de la circuncisión; y así Abraham engendró a Isaac, y le circuncidó al octavo día; e Isaac a Jacob, y Jacob a los doce patriarcas.
9 Y los patriarcas, movidos por envidia, vendieron a José para Egipto; mas Yeshua estaba con él,
10 Y le libró de todas sus tribulaciones, y le dio gracia y sabiduría delante de Faraón, rey de Egipto, el cual le puso por gobernador sobre Egipto y sobre toda su casa.
11 Y vino entonces hambre en toda la tierra de Egipto y de Canaán, y grande tribulación; y nuestros padres no hallaban alimentos.
12 Y cuando Jacob oyó que había trigo en Egipto, envió a nuestros padres la primera vez.
13 Y en la segunda, José se dio a conocer a sus hermanos; y el linaje de José fue manifestado a Faraón.
14 Y José envió, e hizo venir a su padre Jacob, y a toda su parentela, en número de setenta y cinco almas.
15 Así descendió Jacob a Egipto, y murió él, y nuestros padres;
16 Los cuales fueron trasladados a Siquem, y puestos en el sepulcro que Abraham compró por una suma de dinero a los hijos de Hamor, padre de Siquem.
17 Pero cuando se acercaba el tiempo de la promesa, que Yahweh había jurado a Abraham, el pueblo creció y se multiplicó en Egipto,
18 Hasta que se levantó otro rey que no conocía a José.
19 Éste, obrando con astucia contra nuestro linaje, maltrató a nuestros padres, a fin de que expusiesen a la muerte a sus niños, para que no se propagasen.
20 En aquel mismo tiempo nació Moisés, y fue agradable en gran manera; y fue criado tres meses en casa de su padre.
21 Y siendo expuesto a la muerte, la hija de Faraón le recogió, y le crió como a hijo suyo.
22 Y fue enseñado Moisés en toda la sabiduría de los egipcios; y era poderoso en sus palabras y obras.
23 Y cuando hubo cumplido la edad de cuarenta años, le vino en el corazón el visitar a sus hermanos, los hijos de Israel.
24 Y al ver a uno que era maltratado, le defendió, e hiriendo al egipcio, vengó al oprimido.
25 Pero él pensaba que sus hermanos comprendían que Yeshua por su mano les daría libertad; mas ellos no lo habían entendido así.
26 Y al día siguiente, se presentó a unos de ellos que reñían, y los ponía en paz, diciendo: Señores, vosotros sois hermanos; ¿por qué os maltratáis el uno al otro?
27 Entonces el que maltrataba a su prójimo le rechazó, diciendo: ¿Quién te ha puesto por gobernante y juez sobre nosotros?
28 ¿Quieres tú matarme, como mataste ayer al egipcio?
29 Y al oír esta palabra, Moisés huyó, y vivió como extranjero en la tierra de Madián, donde engendró dos hijos.
30 Y pasados cuarenta años, un ángel del Yahweh se le apareció en el desierto del monte Sinaí, en una llama de fuego en una zarza.
31 Y Moisés, viéndolo, se maravilló de la visión; y acercándose para mirar, vino a él la voz del Yeshua,
32 Diciendo: Yo soy el Yeshua de tus padres, el Yeshua de Abraham, y el Yeshua de Isaac, y el Yeshua de Jacob. Y Moisés, temblando, no se atrevía a fijar la vista.
33 Y le dijo el Yeshua: Quita el calzado de tus pies; porque el lugar en que estás es tierra santa.
34 He visto, he visto la aflicción de mi pueblo que está en Egipto, y he oído su gemido, y he descendido para librarlos. Ven ahora, te enviaré a Egipto.
35 A este Moisés, a quien habían rechazado, diciendo: ¿Quién te ha puesto por gobernante y juez? A éste lo envió Yahweh por gobernante y libertador por mano del ángel que se le apareció en la zarza.
36 Éste los sacó, habiendo hecho prodigios y señales en la tierra de Egipto, y en el mar Rojo, y en el desierto por cuarenta años.
37 Este es aquel Moisés, el cual dijo a los hijos de Israel: Profeta os levantará Yahweh vuestro Yahweh de entre vuestros hermanos, como a mí; a él oiréis.
38 Este es el que estuvo en la congregación en el desierto con el ángel que le hablaba en el monte Sinaí, y con nuestros padres; y que recibió palabras de vida para darnos;
39 Al cual nuestros padres no quisieron obedecer, sino que le desecharon, y en sus corazones se volvieron a Egipto,
40 Diciendo a Aarón: Haznos dioses que vayan delante de nosotros; porque a este Moisés, que nos sacó de la tierra de Egipto, no sabemos qué le haya acontecido.
41 Y entonces hicieron un becerro, y ofrecieron sacrificio al ídolo, y en las obras de sus manos se regocijaron.
42 Y Yahweh se apartó, y los entregó a que rindiesen culto al ejército del cielo; como está escrito en el libro de los profetas: ¿Acaso me ofrecisteis víctimas y sacrificios en el desierto por cuarenta años, casa de Israel?
43 Antes bien, llevasteis el tabernáculo de Moloc, y la estrella de vuestro dios Renfán, figuras que os hicisteis para adorarlas; y os desterraré más allá de Babilonia.
44 Tuvieron nuestros padres el tabernáculo del testimonio en el desierto, como había ordenado el que habló a Moisés, que lo hiciese conforme al modelo que había visto.
45 El cual, recibido a su vez por nuestros padres, lo introdujeron con Yeshua al tomar posesión de las tierras de los gentiles, a los cuales Yeshua arrojó de la presencia de nuestros padres, hasta los días de David;
46 El cual halló gracia delante de Yahweh, y pidió proveer tabernáculo para el Yahweh de Jacob.
47 Mas Salomón le edificó casa.
48 Pero el Altísimo no habita en templos hechos de mano; como dice el profeta:
49 El cielo es mi trono, y la tierra el estrado de mis pies; ¿qué casa me edificaréis? dice el Yahweh; ¿o cuál es el lugar de mi reposo?
50 ¿No hizo mi mano todas estas cosas?
51 Duros de cerviz, e incircuncisos de corazón y de oídos, vosotros resistís siempre al Espíritu Santo; como vuestros padres, así también vosotros.
52 ¿A cuál de los profetas no persiguieron vuestros padres? Y mataron a los que anunciaron de antemano la venida del Justo, de quien vosotros ahora habéis sido entregadores y matadores;
53 Vosotros que recibisteis la ley por disposición de ángeles, y no la guardasteis.
54 Y oyendo estas cosas, se enfurecían en sus corazones, y crujían los dientes contra él.
55 Pero él, lleno del Espíritu Santo, puestos los ojos en el cielo, vio la gloria de Yahweh, y a Yeshua que estaba a la diestra de Yahweh,
56 Y dijo: He aquí, veo los cielos abiertos, y al Hijo del hombre que está a la diestra de Yahweh.
57 Entonces ellos, dando grandes voces, se taparon los oídos, y arremetieron a una contra él.
58 Y echándole fuera de la ciudad, le apedrearon; y los testigos pusieron sus vestidos a los pies de un joven que se llamaba Saulo.
59 Y apedreaban a Esteban, mientras él invocaba a Yeshua, y decía: Yeshua, Yeshua, recibe mi espíritu.
60 Y puesta la rodilla en tierra, clamó a gran voz: Yeshua, no les tomes en cuenta este pecado. Y habiendo dicho esto, durmió.
Capítulo 8
1 Y Saulo consentía en su muerte. Y en aquel día hubo una gran persecución contra la iglesia que estaba en Jerusalén; y todos fueron esparcidos por las tierras de Judea y de Samaria, salvo los apóstoles.
2 Y hombres piadosos llevaron a enterrar a Esteban, e hicieron gran llanto sobre él.
3 Y Saulo asolaba la iglesia, entrando casa por casa, y arrastrando a hombres y a mujeres, los entregaba en la cárcel.
4 Pero los que fueron esparcidos iban por todas partes anunciando la palabra.
5 Entonces Felipe, descendiendo a la ciudad de Samaria, les predicaba al Mesías.
6 Y la gente, unánime, escuchaba atentamente las cosas que decía Felipe, oyendo y viendo las señales que hacía.
7 Porque de muchos que tenían espíritus inmundos, salían éstos dando grandes voces; y muchos paralíticos y cojos eran sanados;
8 Y había gran gozo en aquella ciudad.
9 Pero había un hombre llamado Simón, que antes ejercía la magia en aquella ciudad, y asombraba a la gente de Samaria, haciéndose pasar por algún grande;
10 A éste oían atentamente todos, desde el más pequeño hasta el más grande, diciendo: Este es el gran poder de Yahweh.
11 Y le estaban atentos, porque con sus artes mágicas les había asombrado mucho tiempo.
12 Pero cuando creyeron a Felipe, que anunciaba el evangelio del reino de Yahweh, y el nombre de Yeshua el Mesías, se bautizaban hombres y mujeres.
13 También creyó Simón mismo; y habiéndose bautizado, estaba siempre con Felipe; y viendo las señales y grandes milagros que se hacían, estaba atónito.
14 Y cuando los apóstoles que estaban en Jerusalén oyeron que Samaria había recibido la palabra de Yahweh, enviaron allá a Pedro y a Juan;
15 Los cuales, habiendo venido, oraron por ellos para que recibiesen el Espíritu Santo;
16 (Porque aún no había descendido sobre ninguno de ellos, sino que solamente habían sido bautizados en el nombre de Yeshua.)
17 Entonces les imponían las manos, y recibían el Espíritu Santo.
18 Y cuando vio Simón que por la imposición de las manos de los apóstoles se daba el Espíritu Santo, les ofreció dinero,
19 Diciendo: Dadme también a mí este poder, para que cualquiera a quien yo impusiere las manos reciba el Espíritu Santo.
20 Entonces Pedro le dijo: Tu dinero perezca contigo, porque has pensado que el don de Yahweh se adquiere con dinero.
21 No tienes tú parte ni suerte en este asunto; porque tu corazón no es recto delante de Yahweh.
22 Arrepiéntete, pues, de esta tu maldad, y ruega a Yahweh, si quizá te sea perdonado el pensamiento de tu corazón;
23 Porque en hiel de amargura y en prisión de maldad veo que estás.
24 Respondiendo entonces Simón, dijo: Rogad vosotros por mí al Yahweh, para que nada de esto que habéis dicho venga sobre mí.
25 Y ellos, habiendo testificado y hablado la palabra del Yeshua, se volvieron a Jerusalén, y en muchas poblaciones de los samaritanos anunciaron el evangelio.
26 Y un ángel del Yahweh habló a Felipe, diciendo: Levántate y ve hacia el sur, por el camino que desciende de Jerusalén a Gaza, el cual es desierto.
27 Entonces él se levantó y fue; y sucedió que un etíope, eunuco, funcionario de Candace, reina de los etíopes, el cual estaba sobre todos sus tesoros, y había venido a Jerusalén para adorar,
28 Volvía sentado en su carro, y leyendo al profeta Isaías.
29 Y el Espíritu dijo a Felipe: Acércate y júntate a ese carro.
30 Y acercándose Felipe, le oyó que leía al profeta Isaías, y dijo: ¿Entiendes lo que lees?
31 Y él dijo: ¿Y cómo podré, si alguno no me enseñare? Y rogó a Felipe que subiese y se sentara con él.
32 Y el lugar de la Escritura que leía era este: Como oveja a la muerte fue llevado; y como cordero mudo delante del que lo trasquila, así no abrió su boca;
33 En su humillación no se le hizo justicia; mas su generación, ¿quién la contará? Porque fue quitada de la tierra su vida.
34 Y respondiendo el eunuco, dijo a Felipe: Te ruego que me digas: ¿De quién dice el profeta esto; de sí mismo, o de algún otro?
35 Entonces Felipe, abriendo su boca, y comenzando desde esta Escritura, le anunció a Yeshua.
36 Y yendo por el camino, llegaron a cierta agua; y dijo el eunuco: He aquí agua; ¿qué impide que yo sea bautizado?
37 Y Felipe dijo: Si crees de todo corazón, bien puedes. Y respondiendo, dijo: Creo que Yeshua el Mesías es el Hijo de Yahweh.
38 Y mandó parar el carro; y descendieron ambos al agua, Felipe y el eunuco, y le bautizó.
39 Y cuando subieron del agua, el Espíritu del Yeshua arrebató a Felipe; y el eunuco no le vio más, y siguió gozoso su camino.
40 Pero Felipe se encontró en Azoto; y pasando, anunciaba el evangelio en todas las ciudades, hasta que llegó a Cesarea.
Capítulo 9
1 Y Saulo, respirando aún amenazas y muerte contra los discípulos del Yeshua, vino al sumo sacerdote,
2 Y le pidió cartas para las sinagogas de Damasco, a fin de que si hallase algunos hombres o mujeres de este Camino, los trajese presos a Jerusalén.
3 Y aconteció que yendo por el camino, al acercarse a Damasco, repentinamente le rodeó un resplandor de luz del cielo;
4 Y cayendo en tierra, oyó una voz que le decía: Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues?
5 Y él dijo: ¿Quién eres, Yeshua? Y el Yeshua dijo: Yo soy Yeshua, a quien tú persigues; dura cosa te es dar coces contra el aguijón.
6 Y él, temblando y temeroso, dijo: Yeshua, ¿qué quieres que yo haga? Y el Yeshua le dijo: Levántate y entra en la ciudad, y se te dirá lo que debes hacer.
7 Y los hombres que iban con él se pararon atónitos, oyendo a la verdad la voz, mas sin ver a nadie.
8 Entonces Saulo se levantó de tierra, y abriendo los ojos, no veía a nadie; así que, llevándole por la mano, le metieron en Damasco.
9 Y estuvo tres días sin ver, y no comió ni bebió.
10 Había entonces en Damasco un discípulo llamado Ananías, a quien el Yeshua dijo en visión: Ananías. Y él respondió: He aquí, aquí estoy, Yeshua.
11 Y el Yeshua le dijo: Levántate, y ve a la calle que se llama Derecha, y busca en casa de Judas a uno llamado Saulo, de Tarso; porque he aquí, él ora,
12 Y ha visto en visión a un varón llamado Ananías, que entra y le pone las manos encima para que recobre la vista.
13 Entonces Ananías respondió: Yeshua, he oído de muchos acerca de este hombre, cuántos males ha hecho a tus santos en Jerusalén;
14 Y aun aquí tiene autoridad de los principales sacerdotes para prender a todos los que invocan tu nombre.
15 Pero el Yeshua le dijo: Ve, porque instrumento escogido me es éste, para llevar mi nombre en presencia de los gentiles, y de reyes, y de los hijos de Israel;
16 Porque yo le mostraré cuánto le es necesario padecer por mi nombre.
17 Fue entonces Ananías, y entró en la casa, y poniendo sobre él las manos, dijo: Hermano Saulo, Yeshua, que te apareció en el camino por donde venías, me ha enviado para que recibas la vista, y seas lleno del Espíritu Santo.
18 Y al momento le cayeron de los ojos como escamas, y recibió al instante la vista; y levantándose, fue bautizado.
19 Y habiendo tomado alimento, recobró fuerzas. Y estuvo Saulo algunos días con los discípulos que estaban en Damasco.
20 Y en seguida predicaba al Mesías en las sinagogas, diciendo que éste es el Hijo de Yahweh.
21 Y todos los que le oían estaban atónitos, y decían: ¿No es éste el que asolaba en Jerusalén a los que invocaban este nombre, y a eso vino acá, para llevarlos presos ante los principales sacerdotes?
22 Pero Saulo mucho más se fortalecía, y confundía a los judíos que moraban en Damasco, demostrando que éste es el Mesías.
23 Y pasados muchos días, los judíos resolvieron en consejo matarle;
24 Pero sus asechanzas llegaron a conocimiento de Saulo. Y ellos guardaban las puertas de día y de noche para matarle.
25 Entonces los discípulos, tomándole de noche, le bajaron por el muro en una canasta.
26 Y cuando Saulo llegó a Jerusalén, trataba de juntarse con los discípulos; pero todos le tenían miedo, no creyendo que fuese discípulo.
27 Entonces Bernabé, tomándole, lo trajo a los apóstoles, y les contó cómo había visto al Yeshua en el camino, y que le había hablado, y cómo en Damasco había hablado valerosamente en el nombre de Yeshua.
28 Y estaba con ellos, y entraba y salía en Jerusalén;
29 Y hablaba denodadamente en el nombre de Yeshua, y disputaba con los griegos; pero éstos procuraban matarle.
30 Y cuando lo supieron los hermanos, le llevaron hasta Cesarea, y le enviaron a Tarso.
31 Entonces las iglesias tenían paz por toda Judea, Galilea y Samaria; y eran edificadas, andando en el temor del Yeshua, y en la consolación del Espíritu Santo se multiplicaban.
32 Y aconteció que Pedro, visitando a todos, vino también a los santos que habitaban en Lida.
33 Y halló allí a uno que se llamaba Eneas, que hacía ocho años que estaba en cama, pues era paralítico.
34 Y Pedro le dijo: Eneas, Yeshua Mesías te sana; levántate, y haz tu cama. Y él se levantó en seguida.
35 Y le vieron todos los que habitaban en Lida y en Sarón, y se convirtieron a Yeshua.
36 Había entonces en Jope una discípula llamada Tabita, que traducido quiere decir Dorcas. Esta era abundante en buenas obras y en limosnas que hacía.
37 Y aconteció en aquellos días que enfermó y murió. Después de lavada, la pusieron en una sala.
38 Y como Lida estaba cerca de Jope, los discípulos, oyendo que Pedro estaba allí, le enviaron dos hombres, rogándole: No tardes en venir a nosotros.
39 Pedro se levantó y fue con ellos. Y cuando llegó, le llevaron a la sala, donde le rodearon todas las viudas, llorando y mostrando las túnicas y los vestidos que Dorcas hacía cuando estaba con ellas.
40 Entonces Pedro, sacando a todos, se puso de rodillas y oró; y volviéndose al cuerpo, dijo: Tabita, levántate. Y ella abrió los ojos, y al ver a Pedro, se incorporó.
41 Y él, dándole la mano, la levantó; entonces, llamando a los santos y a las viudas, la presentó viva.
42 Esto fue notorio en toda Jope, y muchos creyeron en Yeshua.
43 Y se quedó muchos días en Jope en casa de un tal Simón, curtidor.
Capítulo 10
1 Había en Cesarea un hombre llamado Cornelio, centurión de la compañía llamada la Italiana,
2 piadoso y temeroso de Yahweh con toda su casa, y que hacía muchas limosnas al pueblo, y oraba a Yahweh siempre.
3 Este vio claramente en una visión, como a la hora novena del día, que un ángel de Yahweh entraba donde él estaba, y le decía: Cornelio.
4 Él, mirándole fijamente, y atemorizado, dijo: ¿Qué es, Yeshua? Y le dijo: Tus oraciones y tus limosnas han subido para memoria delante de Yahweh.
5 Envía, pues, ahora hombres a Jope, y haz venir a Simón, el que tiene por sobrenombre Pedro.
6 Este posa en casa de un tal Simón curtidor, que tiene su casa junto al mar; él te dirá lo que es necesario que hagas.
7 Ido el ángel que hablaba con Cornelio, este llamó a dos de sus criados, y a un devoto soldado de los que le asistían;
8 y habiéndoles contado todo, los envió a Jope.
9 Al día siguiente, mientras ellos iban por el camino y se acercaban a la ciudad, Pedro subió a la azotea para orar, cerca de la hora sexta;
10 Y tuvo gran hambre, y quiso comer; pero mientras le preparaban algo, le sobrevino un éxtasis;
11 y vio el cielo abierto, y que descendía algo semejante a un gran lienzo, que atado de las cuatro puntas era bajado a la tierra;
12 en el cual había de todos los cuadrúpedos terrestres, y animales salvajes, y reptiles, y aves del cielo.
13 Y le vino una voz: Levántate, Pedro, mata y come.
14 Entonces Pedro dijo: No, Yeshua; porque ninguna cosa común o inmunda he comido jamás.
15 Y la voz le habló de nuevo la segunda vez: Lo que Yahweh limpió, no lo llames tú común.
16 Esto se hizo tres veces; y aquel lienzo volvió a ser recogido en el cielo.
17 Y mientras Pedro dudaba dentro de sí sobre lo que significaría la visión que había visto, he aquí, los hombres que habían sido enviados por Cornelio, habiendo preguntado por la casa de Simón, llegaron a la puerta,
18 Y llamando, preguntaron si moraba allí Simón, el que tenía por sobrenombre Pedro.
19 Mientras Pedro pensaba en la visión, le dijo el Espíritu: He aquí, tres hombres te buscan.
20 Levántate, pues, y desciende, y vete con ellos, no dudando nada; porque yo los he enviado.
21 Entonces Pedro, descendiendo a donde estaban los hombres que le habían sido enviados por Cornelio, dijo: He aquí, yo soy el que buscáis; ¿cuál es la causa por la que habéis venido?
22 Y ellos dijeron: Cornelio el centurión, varón justo y temeroso de Yahweh, y que tiene buen testimonio en toda la nación de los judíos, ha sido advertido por Yahweh por medio de un santo ángel, de hacerte venir a su casa, y oír tus palabras.
23 Entonces, haciéndoles entrar, los hospedó. Y al día siguiente Pedro se fue con ellos; y le acompañaron algunos hermanos de Jope.
24 Al día siguiente entraron en Cesarea. Y Cornelio los estaba esperando, habiendo convocado a sus parientes y amigos más íntimos.
25 Y cuando Pedro entraba, Cornelio salió a recibirle, y postrándose a sus pies, le adoró.
26 Mas Pedro le levantó, diciendo: Levántate; yo mismo también soy hombre.
27 Y hablando con él, entró, y halló a muchos que se habían reunido.
28 Y les dijo: Vosotros sabéis cuán abominable es para un varón judío juntarse o acercarse a uno de otra nación; pero Yahweh me ha mostrado que a ningún hombre llame común o inmundo.
29 Por lo cual, al ser llamado, vine sin replicar. Pregunto, pues: ¿por qué causa me habéis hecho venir?
30 Y Cornelio dijo: Hace cuatro días que yo ayunaba hasta esta hora; y a la hora novena oraba en mi casa, y he aquí, un varón se puso delante de mí con vestido resplandeciente,
31 Y dijo: Cornelio, tu oración ha sido oída, y tus limosnas han sido recordadas delante de Yahweh.
32 Envía, pues, a Jope, y haz venir a Simón, el que tiene por sobrenombre Pedro, el cual mora en casa de Simón el curtidor, junto al mar; el cual, cuando venga, te hablará.
33 Así que luego envié por ti; y tú has hecho bien en venir. Ahora, pues, todos nosotros estamos aquí presentes delante de Yahweh, para oír todo lo que Yahweh te ha mandado.
34 Entonces Pedro, abriendo la boca, dijo: En verdad comprendo que Yahweh no hace acepción de personas,
35 Sino que en toda nación el que le teme, y hace justicia, es acepto a él.
36 La palabra que Yahweh envió a los hijos de Israel, anunciando la paz por medio de Yeshua Mesías (él es Yeshua de todos):
37 Esta palabra, digo, vosotros la sabéis, la cual se divulgó por toda Judea, comenzando desde Galilea, después del bautismo que predicó Juan;
38 Cómo Yahweh ungió a Yeshua de Nazaret con el Espíritu Santo y con poder; el cual anduvo haciendo bien, y sanando a todos los oprimidos por el diablo, porque Yahweh estaba con él.
39 Y nosotros somos testigos de todas las cosas que él hizo en la tierra de los judíos, y en Jerusalén; a quien mataron colgándole en un madero.
40 A este levantó Yahweh al tercer día, e hizo que se manifestase abiertamente;
41 No a todo el pueblo, sino a los testigos escogidos antes por Yahweh, a nosotros, que comimos y bebimos con él después que resucitó de los muertos.
42 Y él nos mandó que predicásemos al pueblo, y testificásemos que él es el que Yahweh ha ordenado ser Juez de vivos y muertos.
43 De él dan testimonio todos los profetas, que todo aquel que en él creyere, recibirá perdón de pecados por su nombre.
44 Mientras aún hablaba Pedro estas palabras, el Espíritu Santo cayó sobre todos los que oían la palabra.
45 Y los de la circuncisión que creían se quedaron atónitos, cuantos habían venido con Pedro, de que también sobre los gentiles se derramase el don del Espíritu Santo.
46 Porque los oían hablar en lenguas, y magnificar a Yahweh. Entonces respondió Pedro:
47 ¿Puede alguno impedir el agua, para que no sean bautizados estos que han recibido el Espíritu Santo también como nosotros?
48 Y mandó que fuesen bautizados en el nombre de Yeshua. Entonces le rogaron que se quedase algunos días.
Capítulo 11
1 Y los apóstoles y los hermanos que estaban en Judea oyeron que también los gentiles habían recibido la palabra de Yahweh.
2 Y cuando Pedro subió a Jerusalén, los que eran de la circuncisión contendían con él,
3 Diciendo: Entraste en casa de hombres incircuncisos, y comiste con ellos.
4 Entonces Pedro comenzó, y les expuso el asunto por orden desde el principio, diciendo:
5 Yo estaba en la ciudad de Jope orando; y en un éxtasis vi una visión: descendía algo, como un gran lienzo, bajado del cielo por las cuatro puntas; y vino hasta mí.
6 En el cual, cuando fijé los ojos, consideré, y vi cuadrúpedos de la tierra, y animales salvajes, y reptiles, y aves del cielo.
7 Y oí una voz que me decía: Levántate, Pedro; mata y come.
8 Mas yo dije: No, Yeshua; porque ninguna cosa común o inmunda entró jamás en mi boca.
9 Mas la voz me respondió de nuevo desde el cielo: Lo que Yahweh limpió, no lo llames tú común.
10 Y esto se hizo tres veces; y todo volvió a ser llevado arriba al cielo.
11 Y he aquí, inmediatamente llegaron tres hombres a la casa donde yo estaba, enviados desde Cesarea a mí.
12 Y el Espíritu me dijo que fuese con ellos, no dudando nada. Y estos seis hermanos también me acompañaron, y entramos en casa del varón.
13 El cual nos mostró cómo había visto un ángel en su casa, que se puso en pie y le dijo: Envía hombres a Jope, y haz venir a Simón, el que tiene por sobrenombre Pedro;
14 El cual te hablará palabras, por las cuales serás salvo tú, y toda tu casa.
15 Y cuando comencé a hablar, el Espíritu Santo cayó sobre ellos, como sobre nosotros al principio.
16 Entonces me acordé de la palabra de Yeshua, cómo había dicho: Juan ciertamente bautizó con agua; mas vosotros seréis bautizados con el Espíritu Santo.
17 Pues si Yahweh les dio el mismo don que también a nosotros, que hemos creído en Yeshua Mesías, ¿quién era yo, que pudiese impedir a Yahweh?
18 Cuando oyeron estas cosas, callaron, y glorificaron a Yahweh, diciendo: ¡De manera que también a los gentiles ha dado Yahweh arrepentimiento para vida!
19 Ahora bien, los que habían sido esparcidos a causa de la persecución que se levantó con motivo de Esteban, pasaron hasta Fenicia, y Chipre, y Antioquía, no predicando la palabra a nadie sino solo a los judíos.
20 Y algunos de ellos eran varones de Chipre y de Cirene, los cuales, cuando vinieron a Antioquía, hablaron también a los griegos, predicando a Yeshua.
21 Y la mano de Yeshua estaba con ellos; y gran número creyó, y se convirtió a Yeshua.
22 Entonces llegaron noticias de estas cosas a oídos de la iglesia que estaba en Jerusalén; y enviaron a Bernabé, para que fuese hasta Antioquía.
23 El cual, cuando llegó, y vio la gracia de Yahweh, se regocijó, y exhortó a todos a que con propósito de corazón permaneciesen en Yeshua.
24 Porque era varón bueno, y lleno del Espíritu Santo y de fe; y mucha gente fue agregada a Yeshua.
25 Entonces partió Bernabé a Tarso, para buscar a Saulo.
26 Y cuando le halló, le trajo a Antioquía. Y aconteció que todo un año se reunieron con la iglesia, y enseñaron a mucha gente. Y a los discípulos se les llamó cristianos por primera vez en Antioquía.
27 Y en aquellos días vinieron profetas de Jerusalén a Antioquía.
28 Y levantándose uno de ellos, llamado Agabo, daba a entender por el Espíritu que habría una gran hambre en todo el mundo; la cual aconteció en los días de Claudio César.
29 Entonces los discípulos, cada uno conforme a su capacidad, determinaron enviar socorro a los hermanos que habitaban en Judea;
30 Lo cual también hicieron, y lo enviaron a los ancianos por mano de Bernabé y de Saulo.
Capítulo 12
1 Y por aquel tiempo el rey Herodes extendió las manos para afligir a algunos de la iglesia.
2 Y mató a Jacobo, hermano de Juan, con la espada.
3 Y viendo que esto había agradado a los judíos, procedió a prender también a Pedro. (Eran entonces los días de los panes sin levadura.)
4 Y habiéndole prendido, le puso en la cárcel, y le entregó a cuatro grupos de cuatro soldados para que le guardasen; proponiéndose sacarle al pueblo después de la Pascua.
5 Pedro, pues, era guardado en la cárcel; pero la iglesia hacía oración sin cesar a Yahweh por él.
6 Y cuando Herodes le iba a sacar, aquella misma noche Pedro estaba durmiendo entre dos soldados, sujeto con dos cadenas; y los guardas delante de la puerta guardaban la cárcel.
7 Y he aquí, el ángel de Yahweh vino sobre él, y una luz resplandeció en la cárcel; y golpeando a Pedro en el costado, le levantó, diciendo: Levántate pronto. Y las cadenas se le cayeron de las manos.
8 Y el ángel le dijo: Cíñete, y átate las sandalias. Y así lo hizo. Y le dijo: Échate tu manto sobre ti, y sígueme.
9 Y saliendo, le seguía; y no sabía que era verdad lo que hacía el ángel, sino que pensaba que veía una visión.
10 Y cuando hubieron pasado la primera y la segunda guardia, llegaron a la puerta de hierro que conduce a la ciudad, la cual se les abrió por sí misma; y salieron, y pasaron por una calle; y luego el ángel se apartó de él.
11 Y cuando Pedro volvió en sí, dijo: Ahora sé verdaderamente que Yahweh ha enviado su ángel, y me ha librado de la mano de Herodes, y de toda la expectación del pueblo de los judíos.
12 Y habiendo considerado esto, vino a casa de María, la madre de Juan, el que tenía por sobrenombre Marcos, donde muchos estaban reunidos orando.
13 Y cuando Pedro llamó a la puerta del patio, salió a escuchar una muchacha, llamada Rode.
14 La cual, cuando reconoció la voz de Pedro, de gozo no abrió la puerta, sino que corriendo adentro, contó cómo Pedro estaba delante de la puerta.
15 Y ellos le dijeron: Estás loca. Pero ella afirmaba constantemente que era así. Entonces dijeron ellos: Es su ángel.
16 Mas Pedro persistía en llamar; y cuando hubieron abierto la puerta, y le vieron, se quedaron atónitos.
17 Pero él, haciéndoles señal con la mano de que callasen, les declaró cómo Yahweh le había sacado de la cárcel. Y dijo: Id, mostrad estas cosas a Jacobo, y a los hermanos. Y partió, y se fue a otro lugar.
18 Y luego que fue de día, hubo no poco alboroto entre los soldados sobre qué había sido de Pedro.
19 Y cuando Herodes le hubo buscado, y no le halló, examinó a los guardas, y mandó que fuesen llevados a la muerte. Y descendió de Judea a Cesarea, y allí se quedó.
20 Y Herodes estaba muy enojado con los de Tiro y de Sidón; pero ellos vinieron de acuerdo a él, y habiendo hecho a Blasto, el camarero del rey, su amigo, pedían paz; porque su país era sustentado por el país del rey.
21 Y en un día señalado, Herodes, vestido de ropas reales, se sentó en el tribunal, y les hizo una arenga.
22 Y el pueblo dio un grito, diciendo: Es la voz de un dios, y no de un hombre.
23 Y al instante el ángel de Yahweh le hirió, porque no dio a Yahweh la gloria; y expiró, comido de gusanos.
24 Pero la palabra de Yahweh crecía y se multiplicaba.
25 Y Bernabé y Saulo volvieron de Jerusalén, cuando hubieron cumplido su ministerio, y tomaron consigo a Juan, el que tenía por sobrenombre Marcos.
Capítulo 13
1 Y había en la iglesia que estaba en Antioquía ciertos profetas y maestros: Bernabé, y Simón el que era llamado Níger, y Lucio de Cirene, y Manaén, el que había sido criado con Herodes el tetrarca, y Saulo.
2 Y ministrando ellos a Yeshua, y ayunando, dijo el Espíritu Santo: Apartadme a Bernabé y a Saulo para la obra a la cual los he llamado.
3 Y cuando hubieron ayunado y orado, y les hubieron impuesto las manos, los enviaron.
4 Ellos, pues, siendo enviados por el Espíritu Santo, partieron a Seleucia; y de allí navegaron a Chipre.
5 Y cuando estuvieron en Salamina, predicaban la palabra de Yahweh en las sinagogas de los judíos; y tenían también a Juan como ayudante.
6 Y cuando hubieron atravesado la isla hasta Pafo, hallaron a cierto mago, falso profeta, judío, cuyo nombre era Barjesus:
7 El cual estaba con el procónsul del país, Sergio Paulo, varón prudente; el cual, llamando a Bernabé y a Saulo, deseaba oír la palabra de Yahweh.
8 Mas Elimas el mago (pues así es su nombre por interpretación) les resistía, procurando apartar al procónsul de la fe.
9 Entonces Saulo, (que también es llamado Pablo,) lleno del Espíritu Santo, fijó en él los ojos,
10 Y dijo: Oh, lleno de todo engaño y de toda maldad, hijo del diablo, enemigo de toda justicia, ¿no cesarás de pervertir los caminos rectos de Yeshua?
11 Y ahora, he aquí, la mano de Yahweh está sobre ti, y serás ciego, no viendo el sol por un tiempo. Y al instante cayó sobre él niebla y oscuridad; y andaba buscando quién le llevase de la mano.
12 Entonces el procónsul, cuando vio lo que había acontecido, creyó, maravillado de la doctrina de Yeshua.
13 Y cuando Pablo y su compañía se hicieron a la vela desde Pafo, vinieron a Perge en Panfilia; y Juan, apartándose de ellos, volvió a Jerusalén.
14 Mas cuando ellos partieron de Perge, vinieron a Antioquía en Pisidia, y entraron en la sinagoga en el día de reposo, y se sentaron.
15 Y después de la lectura de la ley y de los profetas, los principales de la sinagoga enviaron a ellos, diciendo: Varones y hermanos, si tenéis alguna palabra de exhortación para el pueblo, hablad.
16 Entonces Pablo se levantó, y haciendo señal con la mano, dijo: Varones de Israel, y los que teméis a Yahweh, oíd.
17 Yahweh de este pueblo de Israel escogió a nuestros padres, y enalteció al pueblo cuando moraban como extranjeros en la tierra de Egipto, y con brazo alto los sacó de ella.
18 Y por el tiempo de cuarenta años soportó sus costumbres en el desierto.
19 Y cuando hubo destruido siete naciones en la tierra de Canaán, repartió su tierra a ellos por suerte.
20 Y después de esto les dio jueces hasta el profeta Samuel, por espacio de cuatrocientos cincuenta años.
21 Y después pidieron un rey; y Yahweh les dio a Saúl, hijo de Cis, varón de la tribu de Benjamín, por el espacio de cuarenta años.
22 Y cuando le hubo quitado, les levantó a David para ser su rey; de quien también dio testimonio, y dijo: He hallado a David, hijo de Isaí, varón conforme a mi propio corazón, el cual cumplirá toda mi voluntad.
23 De la descendencia de este varón, Yahweh, conforme a su promesa, levantó a Israel un Salvador, Yeshua:
24 Habiendo predicado Juan primero, antes de su venida, el bautismo de arrepentimiento a todo el pueblo de Israel.
25 Y cuando Juan cumplía su carrera, dijo: ¿Quién pensáis que soy? Yo no soy él. Mas he aquí, viene tras mí uno, de quien no soy digno de desatar el calzado de sus pies.
26 Varones y hermanos, hijos del linaje de Abraham, y cualquiera entre vosotros que teme a Yahweh, a vosotros es enviada la palabra de esta salvación.
27 Porque los que habitan en Jerusalén, y sus gobernantes, porque no le conocieron, ni tampoco las voces de los profetas que se leen cada día de reposo, las han cumplido al condenarle.
28 Y aunque no hallaron en él causa de muerte, pidieron a Pilato que fuese muerto.
29 Y cuando hubieron cumplido todo lo que estaba escrito de él, le quitaron del madero, y le pusieron en un sepulcro.
30 Mas Yahweh le levantó de los muertos.
31 Y fue visto por muchos días por los que habían subido con él de Galilea a Jerusalén, los cuales son sus testigos para con el pueblo.
32 Y nosotros os declaramos las buenas nuevas, cómo la promesa que fue hecha a los padres,
33 Yahweh la ha cumplido a nosotros, sus hijos, al levantar de nuevo a Yeshua; como también está escrito en el salmo segundo: Tú eres mi Hijo, hoy te he engendrado.
34 Y en cuanto a que le levantó de los muertos, para no volver jamás a corrupción, dijo de esta manera: Os daré las misericordias seguras de David.
35 Por lo cual dice también en otro salmo: No permitirás que tu Santo vea corrupción.
36 Porque David, después de haber servido a su propia generación por la voluntad de Yahweh, durmió, y fue reunido con sus padres, y vio corrupción.
37 Mas aquel a quien Yahweh levantó de nuevo, no vio corrupción.
38 Sépase, pues, varones y hermanos, que por medio de este varón se os predica el perdón de pecados;
39 Y por él, todos los que creen son justificados de todas las cosas, de las cuales no pudisteis ser justificados por la ley de Moisés.
40 Mirad, pues, que no venga sobre vosotros lo que está dicho en los profetas;
41 Mirad, oh despreciadores, y maravillaos, y pereced; porque yo obro una obra en vuestros días, obra que de ningún modo creeréis, aunque un hombre os la declare.
42 Y cuando los judíos hubieron salido de la sinagoga, los gentiles rogaron que estas palabras les fuesen predicadas el siguiente día de reposo.
43 Y cuando la congregación se disolvió, muchos de los judíos y de los prosélitos religiosos siguieron a Pablo y a Bernabé; los cuales, hablándoles, les persuadían a perseverar en la gracia de Yahweh.
44 Y el siguiente día de reposo vino casi toda la ciudad a oír la palabra de Yahweh.
45 Mas cuando los judíos vieron las multitudes, se llenaron de celos, y hablaban contra las cosas que Pablo decía, contradiciendo y blasfemando.
46 Entonces Pablo y Bernabé, cobrando denuedo, dijeron: Era necesario que la palabra de Yahweh os fuese hablada primero a vosotros; mas puesto que la apartáis de vosotros, y os juzgáis indignos de la vida eterna, he aquí, nos volvemos a los gentiles.
47 Porque así nos ha mandado Yeshua, diciendo: Te he puesto para luz de los gentiles, para que seas salvación hasta los confines de la tierra.
48 Y cuando los gentiles oyeron esto, se alegraron, y glorificaron la palabra de Yeshua; y creyeron cuantos estaban ordenados para vida eterna.
49 Y la palabra de Yeshua se publicaba por toda la región.
50 Mas los judíos instigaron a las mujeres devotas y distinguidas, y a los principales varones de la ciudad, y levantaron persecución contra Pablo y Bernabé, y los expulsaron de sus términos.
51 Mas ellos, sacudiendo el polvo de sus pies contra ellos, vinieron a Iconio.
52 Y los discípulos estaban llenos de gozo, y del Espíritu Santo.
Capítulo 14
1 Y aconteció en Iconio, que entraron juntos en la sinagoga de los judíos, y hablaron de tal manera, que creyó una gran multitud tanto de judíos como también de griegos.
2 Mas los judíos que no creían excitaron a los gentiles, e hicieron que sus ánimos se afectasen mal contra los hermanos.
3 Por tanto, permanecieron mucho tiempo hablando con denuedo en Yeshua, el cual daba testimonio a la palabra de su gracia, y concedía que se hiciesen señales y maravillas por las manos de ellos.
4 Mas la multitud de la ciudad estaba dividida; y parte estaba con los judíos, y parte con los apóstoles.
5 Y cuando hubo un asalto hecho tanto por los gentiles, como también por los judíos con sus gobernantes, para tratarlos con desprecio, y apedrearlos,
6 Ellos, sabiéndolo, huyeron a Listra y Derbe, ciudades de Licaonia, y a la región que está alrededor;
7 Y allí predicaban el evangelio.
8 Y estaba sentado cierto varón en Listra, imposibilitado de sus pies, cojo desde el vientre de su madre, que nunca había andado.
9 El mismo oyó hablar a Pablo; el cual, mirándole fijamente, y percibiendo que tenía fe para ser sanado,
10 Dijo a gran voz: Levántate derecho sobre tus pies. Y saltó, y anduvo.
11 Y cuando la gente vio lo que Pablo había hecho, alzaron sus voces, diciendo en la lengua de Licaonia: Los dioses han descendido a nosotros en semejanza de hombres.
12 Y llamaban a Bernabé, Júpiter; y a Pablo, Mercurio, porque él era el principal orador.
13 Entonces el sacerdote de Júpiter, que estaba delante de su ciudad, trajo toros y guirnaldas a las puertas, y quería hacer sacrificio con la gente.
14 Lo cual cuando lo oyeron los apóstoles, Bernabé y Pablo, rasgaron sus vestidos, y corrieron entre la gente, clamando,
15 Y diciendo: Señores, ¿por qué hacéis estas cosas? Nosotros también somos hombres de pasiones semejantes a las vuestras, y os predicamos que os volváis de estas vanidades a Yahweh vivo, el cual hizo el cielo, y la tierra, y el mar, y todas las cosas que en ellos hay;
16 El cual, en los tiempos pasados, permitió que todas las naciones anduviesen en sus propios caminos.
17 Sin embargo, no se dejó a sí mismo sin testimonio, haciendo bien, y dándonos lluvia del cielo, y estaciones fructíferas, llenando nuestros corazones de alimento y de alegría.
18 Y con estas palabras, apenas contuvieron a la gente, para que no les hiciese sacrificio.
19 Y vinieron allí ciertos judíos de Antioquía y de Iconio, que persuadieron a la gente, y habiendo apedreado a Pablo, le arrastraron fuera de la ciudad, suponiendo que estaba muerto.
20 Sin embargo, rodeándole los discípulos, se levantó, y entró en la ciudad; y al día siguiente partió con Bernabé a Derbe.
21 Y cuando hubieron predicado el evangelio a aquella ciudad, y enseñado a muchos, volvieron de nuevo a Listra, y a Iconio, y a Antioquía,
22 Confirmando las almas de los discípulos, y exhortándoles a perseverar en la fe, y que por medio de mucha tribulación debemos entrar en el reino de Yahweh.
23 Y cuando les hubieron ordenado ancianos en cada iglesia, y hubieron orado con ayunos, los encomendaron a Yeshua, en quien habían creído.
24 Y después de haber pasado por Pisidia, vinieron a Panfilia.
25 Y cuando hubieron predicado la palabra en Perge, descendieron a Atalia.
26 Y de allí navegaron a Antioquía, desde donde habían sido encomendados a la gracia de Yahweh para la obra que habían cumplido.
27 Y cuando hubieron llegado, y reunido a la iglesia, refirieron todo lo que Yahweh había hecho con ellos, y cómo había abierto la puerta de la fe a los gentiles.
28 Y allí permanecieron mucho tiempo con los discípulos.
Capítulo 15
1 Y ciertos varones que habían descendido de Judea enseñaban a los hermanos, y decían: Si no os circuncidáis conforme a la costumbre de Moisés, no podéis ser salvos.
2 Cuando, pues, Pablo y Bernabé tuvieron no pequeña disensión y disputa con ellos, determinaron que Pablo y Bernabé, y algunos otros de ellos, subiesen a Jerusalén a los apóstoles y ancianos acerca de esta cuestión.
3 Y siendo encaminados por la iglesia, pasaron por Fenicia y Samaria, declarando la conversión de los gentiles; y causaron gran gozo a todos los hermanos.
4 Y cuando hubieron llegado a Jerusalén, fueron recibidos por la iglesia, y por los apóstoles y ancianos, y declararon todas las cosas que Yahweh había hecho con ellos.
5 Mas se levantaron algunos de la secta de los fariseos que habían creído, diciendo: Es necesario circuncidarlos, y mandarles que guarden la ley de Moisés.
6 Y los apóstoles y ancianos se reunieron para considerar este asunto.
7 Y cuando hubo mucha discusión, Pedro se levantó, y les dijo: Varones y hermanos, vosotros sabéis cómo hace ya buen tiempo que Yahweh hizo elección entre nosotros, para que los gentiles oyesen por mi boca la palabra del evangelio, y creyesen.
8 Y Yahweh, que conoce los corazones, les dio testimonio, dándoles el Espíritu Santo, así como también a nosotros;
9 Y no hizo ninguna diferencia entre nosotros y ellos, purificando sus corazones por la fe.
10 Ahora, pues, ¿por qué tentáis a Yahweh, poniendo un yugo sobre el cuello de los discípulos, el cual ni nuestros padres ni nosotros pudimos llevar?
11 Antes bien, creemos que por la gracia de Yeshua Mesías seremos salvos, así como ellos.
12 Entonces toda la multitud guardó silencio, y escuchó a Bernabé y a Pablo, que declaraban cuántos milagros y maravillas había obrado Yahweh entre los gentiles por medio de ellos.
13 Y después que ellos callaron, Jacobo respondió, diciendo: Varones y hermanos, oídme.
14 Simón ha declarado cómo Yahweh al principio visitó a los gentiles, para sacar de ellos un pueblo para su nombre.
15 Y con esto concuerdan las palabras de los profetas; como está escrito:
16 Después de esto volveré, y reedificaré el tabernáculo de David, que ha caído; y reedificaré sus ruinas, y lo levantaré de nuevo;
17 Para que el resto de los hombres busque a Yeshua, y todos los gentiles, sobre los cuales es invocado mi nombre, dice Yahweh, que hace todas estas cosas.
18 Conocidas son a Yahweh todas sus obras desde el principio del mundo.
19 Por lo cual, mi sentencia es que no inquietemos a los que de entre los gentiles se convierten a Yahweh;
20 Sino que les escribamos que se abstengan de las contaminaciones de los ídolos, y de fornicación, y de cosas ahogadas, y de sangre.
21 Porque Moisés, desde tiempos antiguos, tiene en cada ciudad quienes le predican, siendo leído en las sinagogas cada día de reposo.
22 Entonces pareció bien a los apóstoles y ancianos, con toda la iglesia, enviar varones escogidos de su propia compañía a Antioquía con Pablo y Bernabé; a saber, a Judas, que tenía por sobrenombre Barsabás, y a Silas, varones principales entre los hermanos;
23 Y escribieron cartas por medio de ellos de esta manera: Los apóstoles y ancianos y hermanos envían saludos a los hermanos que son de los gentiles en Antioquía y Siria y Cilicia.
24 Por cuanto hemos oído que algunos que han salido de nosotros os han inquietado con palabras, trastornando vuestras almas, diciendo: Debéis circuncidaros, y guardar la ley; a los cuales no dimos tal mandamiento;
25 Nos ha parecido bien, estando reunidos de común acuerdo, enviar varones escogidos a vosotros con nuestros amados Bernabé y Pablo,
26 Varones que han arriesgado sus vidas por el nombre de nuestro Yeshua Mesías.
27 Hemos enviado, pues, a Judas y a Silas, los cuales también os dirán las mismas cosas de palabra.
28 Porque ha parecido bien al Espíritu Santo, y a nosotros, no imponeros ninguna carga mayor que estas cosas necesarias;
29 Que os abstengáis de carnes ofrecidas a los ídolos, y de sangre, y de cosas ahogadas, y de fornicación; de las cuales cosas si os guardáis, haréis bien. Pasadlo bien.
30 Así que, cuando fueron despedidos, vinieron a Antioquía; y cuando hubieron reunido a la multitud, entregaron la carta.
31 La cual, cuando hubieron leído, se regocijaron por la consolación.
32 Y Judas y Silas, siendo también profetas ellos mismos, exhortaron a los hermanos con muchas palabras, y los confirmaron.
33 Y después de haber estado allí un tiempo, fueron despedidos en paz por los hermanos para ir a los apóstoles.
34 Sin embargo, a Silas le pareció bien quedarse allí todavía.
35 Pablo también y Bernabé permanecieron en Antioquía, enseñando y predicando la palabra de Yeshua, con muchos otros también.
36 Y algunos días después, Pablo dijo a Bernabé: Volvamos de nuevo y visitemos a nuestros hermanos en cada ciudad donde hemos predicado la palabra de Yeshua, y veamos cómo están.
37 Y Bernabé determinó llevar con ellos a Juan, el que tenía por sobrenombre Marcos.
38 Mas Pablo no juzgó bueno llevarle con ellos, el cual se había apartado de ellos desde Panfilia, y no había ido con ellos a la obra.
39 Y la contienda fue tan aguda entre ellos, que se separaron el uno del otro; y Bernabé, tomando a Marcos, navegó a Chipre;
40 Y Pablo escogió a Silas, y partió, siendo encomendado por los hermanos a la gracia de Yahweh.
41 Y pasó por Siria y Cilicia, confirmando a las iglesias.
Capítulo 16
1 Entonces vino a Derbe y a Listra; y he aquí, había allí cierto discípulo, llamado Timoteo, hijo de cierta mujer, la cual era judía, y creyente; mas su padre era griego.
2 Del cual daban buen testimonio los hermanos que estaban en Listra y en Iconio.
3 A este quiso Pablo que fuese con él; y tomándole, le circuncidó por causa de los judíos que había en aquellos lugares; porque todos sabían que su padre era griego.
4 Y al pasar por las ciudades, les entregaban los decretos para que los guardasen, que habían sido ordenados por los apóstoles y ancianos que estaban en Jerusalén.
5 Y así las iglesias eran establecidas en la fe, y aumentaban en número cada día.
6 Y cuando hubieron atravesado Frigia y la región de Galacia, y les fue prohibido por el Espíritu Santo predicar la palabra en Asia,
7 Después que vinieron a Misia, intentaron ir a Bitinia; mas el Espíritu no se lo permitió.
8 Y pasando junto a Misia, descendieron a Troas.
9 Y una visión apareció a Pablo en la noche: estaba en pie un varón de Macedonia, y le rogaba, diciendo: Pasa a Macedonia, y ayúdanos.
10 Y después que hubo visto la visión, en seguida procuramos ir a Macedonia, concluyendo ciertamente que Yeshua nos había llamado para predicarles el evangelio.
11 Partiendo, pues, de Troas, vinimos con rumbo directo a Samotracia, y al día siguiente a Neápolis;
12 Y de allí a Filipos, que es la principal ciudad de aquella parte de Macedonia, y una colonia; y estuvimos en aquella ciudad algunos días.
13 Y en el día de reposo salimos fuera de la ciudad junto a un río, donde solía hacerse la oración; y sentándonos, hablamos a las mujeres que se habían reunido allí.
14 Y cierta mujer llamada Lidia, vendedora de púrpura, de la ciudad de Tiatira, que adoraba a Yahweh, nos oyó; cuyo corazón abrió Yeshua, para que atendiese a las cosas que Pablo decía.
15 Y cuando fue bautizada, y su casa, nos rogó, diciendo: Si habéis juzgado que yo sea fiel a Yeshua, entrad en mi casa, y posad allí. Y nos obligó.
16 Y aconteció que, mientras íbamos a la oración, nos encontró cierta muchacha poseída de un espíritu de adivinación, la cual traía a sus amos mucha ganancia adivinando.
17 La misma seguía a Pablo y a nosotros, y clamaba, diciendo: Estos varones son siervos de Yahweh Altísimo, los cuales os muestran el camino de salvación.
18 Y esto hacía por muchos días. Mas Pablo, agraviado, se volvió y dijo al espíritu: Te mando en el nombre de Yeshua Mesías que salgas de ella. Y salió en aquella misma hora.
19 Y cuando sus amos vieron que había desaparecido la esperanza de sus ganancias, prendieron a Pablo y a Silas, y los arrastraron a la plaza del mercado ante los gobernantes,
20 Y los trajeron a los magistrados, diciendo: Estos varones, siendo judíos, alborotan sobremanera nuestra ciudad,
21 Y enseñan costumbres, que no nos es lícito recibir, ni observar, siendo romanos.
22 Y la multitud se levantó juntamente contra ellos; y los magistrados les rasgaron las ropas, y mandaron azotarlos.
23 Y cuando les hubieron dado muchos azotes, los echaron en la cárcel, ordenando al carcelero que los guardase con seguridad;
24 El cual, habiendo recibido tal orden, los metió en la cárcel interior, y aseguró sus pies en el cepo.
25 Y a medianoche Pablo y Silas oraban, y cantaban alabanzas a Yahweh; y los presos los oían.
26 Y de repente hubo un gran terremoto, de tal manera que los cimientos de la cárcel fueron sacudidos; y al instante todas las puertas se abrieron, y las cadenas de todos se soltaron.
27 Y el carcelero, despertando de su sueño, y viendo abiertas las puertas de la cárcel, sacó su espada, y se iba a matar, suponiendo que los presos habían huido.
28 Mas Pablo clamó a gran voz, diciendo: No te hagas ningún mal; porque todos estamos aquí.
29 Entonces él pidió una luz, y entró precipitadamente, y temblando, cayó delante de Pablo y de Silas,
30 Y sacándolos fuera, dijo: Señores, ¿qué debo hacer para ser salvo?
31 Y ellos dijeron: Cree en Yeshua Mesías, y serás salvo, y tu casa.
32 Y le hablaron la palabra de Yeshua, y a todos los que estaban en su casa.
33 Y él los tomó en aquella misma hora de la noche, y les lavó los azotes; y fue bautizado, él y todos los suyos, en seguida.
34 Y cuando los hubo llevado a su casa, les puso alimento delante, y se regocijó, creyendo en Yahweh con toda su casa.
35 Y cuando fue de día, los magistrados enviaron a los alguaciles, diciendo: Dejad ir a aquellos varones.
36 Y el carcelero contó esta palabra a Pablo: Los magistrados han enviado para que seáis soltados; ahora, pues, salid, e id en paz.
37 Mas Pablo les dijo: Nos han azotado públicamente sin ser condenados, siendo romanos, y nos han echado en la cárcel; ¿y ahora nos echan fuera en secreto? No, en verdad; sino vengan ellos mismos y nos saquen fuera.
38 Y los alguaciles contaron estas palabras a los magistrados; y temieron, cuando oyeron que eran romanos.
39 Y vinieron y les rogaron, y sacándolos fuera, les pidieron que saliesen de la ciudad.
40 Y ellos salieron de la cárcel, y entraron en casa de Lidia; y cuando hubieron visto a los hermanos, los consolaron, y partieron.
Capítulo 17
1 Y cuando hubieron pasado por Anfípolis y Apolonia, vinieron a Tesalónica, donde había una sinagoga de los judíos.
2 Y Pablo, como era su costumbre, entró a ellos, y por tres días de reposo razonó con ellos de las Escrituras,
3 Abriendo y alegando que era necesario que Mesías padeciese, y resucitase de los muertos; y que este Yeshua, a quien yo os predico, es Mesías.
4 Y algunos de ellos creyeron, y se unieron a Pablo y a Silas; y de los griegos devotos una gran multitud, y de las mujeres principales no pocas.
5 Mas los judíos que no creían, movidos por celos, tomaron consigo a ciertos varones ociosos de la peor clase, y reuniendo una compañía, alborotaron toda la ciudad, y asaltaron la casa de Jasón, y procuraban sacarlos al pueblo.
6 Y cuando no los hallaron, arrastraron a Jasón y a ciertos hermanos ante los gobernantes de la ciudad, clamando: Estos que han trastornado el mundo han venido también aquí;
7 A los cuales Jasón ha recibido; y todos estos hacen contrario a los decretos de César, diciendo que hay otro rey, Yeshua.
8 Y alborotaron al pueblo y a los gobernantes de la ciudad, cuando oyeron estas cosas.
9 Y cuando hubieron tomado fianza de Jasón, y de los demás, los dejaron ir.
10 Y los hermanos enviaron en seguida a Pablo y a Silas de noche a Berea; los cuales, llegando allí, entraron en la sinagoga de los judíos.
11 Estos eran más nobles que los de Tesalónica, en que recibieron la palabra con toda prontitud de ánimo, y escudriñaban las Escrituras cada día, si estas cosas eran así.
12 Por tanto, muchos de ellos creyeron; también de las mujeres distinguidas que eran griegas, y de varones, no pocos.
13 Mas cuando los judíos de Tesalónica supieron que la palabra de Yahweh era predicada por Pablo en Berea, vinieron también allí, y alborotaron al pueblo.
14 Y entonces los hermanos enviaron en seguida a Pablo para que fuese como hacia el mar; mas Silas y Timoteo se quedaron allí todavía.
15 Y los que conducían a Pablo le llevaron hasta Atenas; y recibiendo un mandamiento para Silas y Timoteo, de que viniesen a él con toda prisa, partieron.
16 Y mientras Pablo los esperaba en Atenas, su espíritu se agitaba en él, cuando vio la ciudad enteramente entregada a la idolatría.
17 Por tanto, disputaba en la sinagoga con los judíos, y con las personas devotas, y en el mercado cada día con los que se encontraba.
18 Entonces ciertos filósofos de los epicúreos, y de los estoicos, se encontraron con él. Y algunos decían: ¿Qué querrá decir este palabrero? Y otros: Parece que es anunciador de dioses extraños; porque les predicaba a Yeshua, y la resurrección.
19 Y le tomaron, y le trajeron al Areópago, diciendo: ¿Podemos saber cuál es esta nueva doctrina, de la cual hablas?
20 Porque traes ciertas cosas extrañas a nuestros oídos; queremos, pues, saber qué significan estas cosas.
21 (Porque todos los atenienses y los extranjeros que estaban allí no empleaban su tiempo en ninguna otra cosa, sino en decir, o en oír algo nuevo.)
22 Entonces Pablo se puso en pie en medio de la colina de Marte, y dijo: Varones de Atenas, percibo que en todas las cosas sois muy supersticiosos.
23 Porque pasando, y mirando vuestras devociones, hallé también un altar con esta inscripción: A Yahweh no conocido. Al que, pues, vosotros adoráis ignorantemente, a ese os declaro yo.
24 Yahweh, que hizo el mundo y todas las cosas que en él hay, viendo que él es Yahweh del cielo y de la tierra, no mora en templos hechos con manos;
25 Ni es adorado con manos de hombres, como si necesitase alguna cosa, viendo que él da a todos vida, y aliento, y todas las cosas;
26 Y ha hecho de una sola sangre todas las naciones de los hombres, para que habiten sobre toda la faz de la tierra, y ha determinado los tiempos señalados de antemano, y los límites de su habitación;
27 Para que buscasen a Yeshua, si de alguna manera, palpando, le hallasen, aunque ciertamente no está lejos de cada uno de nosotros:
28 Porque en él vivimos, y nos movemos, y somos; como también algunos de vuestros poetas han dicho: Porque linaje suyo somos.
29 Siendo, pues, linaje de Yahweh, no debemos pensar que la Divinidad sea semejante a oro, o a plata, o a piedra, escultura de arte y de imaginación de hombres.
30 Pero Yahweh, habiendo pasado por alto los tiempos de esta ignorancia, ahora manda a todos los hombres en todo lugar, que se arrepientan;
31 Por cuanto ha establecido un día en el cual ha de juzgar al mundo con justicia, por aquel varón a quien ha destinado; de lo cual ha dado fe a todos, levantándole de los muertos.
32 Y cuando oyeron de la resurrección de los muertos, unos se burlaban, y otros decían: Te oiremos acerca de esto otra vez.
33 Y así Pablo salió de en medio de ellos.
34 Mas algunos varones se llegaron a él, y creyeron; entre los cuales fue también Dionisio el Areopagita, y una mujer llamada Dámaris, y otros con ellos.
Capítulo 18
1 Después de estas cosas, Pablo salió de Atenas, y vino a Corinto.
2 Y halló a cierto judío llamado Aquila, natural del Ponto, que hacía poco había venido de Italia, y a Priscila su mujer; (porque Claudio había mandado que todos los judíos saliesen de Roma;) y vino a ellos.
3 Y porque era del mismo oficio, se quedó con ellos, y trabajaba; porque el oficio de ellos era hacer tiendas.
4 Y discutía en la sinagoga todos los días de reposo, y persuadía a judíos y a griegos.
5 Y cuando Silas y Timoteo vinieron de Macedonia, Pablo estaba constreñido en espíritu, testificando a los judíos que Yeshua era el Mesías.
6 Pero como ellos se oponían y blasfemaban, él, sacudiendo sus vestidos, les dijo: Vuestra sangre sea sobre vuestra propia cabeza; yo estoy limpio; desde ahora me iré a los gentiles.
7 Y saliendo de allí, entró en casa de cierto hombre llamado Justo, que adoraba a Yahweh, cuya casa estaba junto a la sinagoga.
8 Y Crispo, el principal de la sinagoga, creyó en Yeshua con toda su casa; y muchos de los corintios, oyendo, creían, y eran bautizados.
9 Entonces Yeshua habló a Pablo en visión de noche: No temas, sino habla, y no calles;
10 Porque yo estoy contigo, y ningún hombre te asaltará para hacerte mal; porque yo tengo mucho pueblo en esta ciudad.
11 Y se detuvo allí un año y seis meses, enseñándoles la palabra de Yahweh.
12 Pero siendo Galión procónsul de Acaya, los judíos se levantaron de común acuerdo contra Pablo, y le llevaron al tribunal,
13 Diciendo: Este persuade a los hombres a adorar a Yahweh contra la ley.
14 Y cuando Pablo iba a abrir su boca, Galión dijo a los judíos: Si fuera algún agravio o algún crimen grave, oh judíos, conforme a derecho yo os toleraría;
15 Pero si es cuestión de palabras, y de nombres, y de vuestra ley, vedlo vosotros; porque yo no quiero ser juez de estas cosas.
16 Y los echó del tribunal.
17 Entonces todos los griegos tomaron a Sóstenes, principal de la sinagoga, y le golpeaban delante del tribunal. Y a Galión nada se le daba de ninguna de estas cosas.
18 Y Pablo, habiéndose detenido allí aún muchos días, después se despidió de los hermanos, y navegó a Siria, y con él Priscila y Aquila; habiéndose rapado la cabeza en Cencreas, porque tenía voto.
19 Y llegó a Efeso, y los dejó allí; y entrando él en la sinagoga, discutía con los judíos.
20 Los cuales le rogaban que se quedase con ellos por más tiempo; mas no accedió;
21 Sino que se despidió de ellos, diciendo: Es necesario que en todo caso yo guarde la fiesta que viene en Jerusalén; pero otra vez volveré a vosotros, si Yahweh quiere. Y zarpó de Efeso.
22 Y habiendo arribado a Cesarea, y habiendo subido, y saludado a la iglesia, descendió a Antioquía.
23 Y después de estar allí algún tiempo, salió, recorriendo por orden la provincia de Galacia y de Frigia, fortaleciendo a todos los discípulos.
24 Y llegó a Efeso cierto judío llamado Apolos, natural de Alejandría, varón elocuente, y poderoso en las Escrituras.
25 Este había sido instruido en el camino de Yeshua; y siendo ferviente en espíritu, hablaba y enseñaba diligentemente lo concerniente a Yeshua, aunque solamente conocía el bautismo de Juan.
26 Y comenzó a hablar con denuedo en la sinagoga; pero cuando le oyeron Priscila y Aquila, le tomaron aparte, y le expusieron más exactamente el camino de Yahweh.
27 Y queriendo él pasar a Acaya, los hermanos le exhortaron, y escribieron a los discípulos que le recibiesen; y llegado él, fue de gran provecho a los que por la gracia habían creído;
28 Porque con gran vehemencia convencía públicamente a los judíos, demostrando por las Escrituras que Yeshua era el Mesías.
Capítulo 19
1 Y aconteció que mientras Apolos estaba en Corinto, Pablo, después de recorrer las regiones superiores, vino a Efeso, y hallando a ciertos discípulos,
2 Les dijo: ¿Recibisteis el Espíritu Santo cuando creísteis? Y ellos le dijeron: Ni siquiera hemos oído si hay Espíritu Santo.
3 Y les dijo: ¿En qué, pues, fuisteis bautizados? Ellos dijeron: En el bautismo de Juan.
4 Y dijo Pablo: Juan bautizó con bautismo de arrepentimiento, diciendo al pueblo que creyesen en aquel que vendría después de él, esto es, en el Mesías Yeshua.
5 Cuando oyeron esto, fueron bautizados en el nombre de Yeshua.
6 Y habiéndoles impuesto Pablo las manos, vino sobre ellos el Espíritu Santo; y hablaban en lenguas, y profetizaban.
7 Y eran en total como unos doce hombres.
8 Y entrando en la sinagoga, hablaba con denuedo por espacio de tres meses, discutiendo y persuadiendo acerca del reino de Yahweh.
9 Pero como algunos se endurecían y no creían, y maldecían el Camino delante de la multitud, se apartó de ellos, y separó a los discípulos, discutiendo diariamente en la escuela de uno llamado Tiranno.
10 Y esto continuó por espacio de dos años; de manera que todos los que habitaban en Asia, tanto judíos como griegos, oyeron la palabra de Yeshua.
11 Y hacía Yahweh milagros extraordinarios por mano de Pablo:
12 De tal manera que aún se llevaban a los enfermos los paños o delantales de su cuerpo, y las enfermedades se iban de ellos, y los espíritus malos salían de ellos.
13 Pero algunos de los judíos, exorcistas ambulantes, intentaron invocar el nombre de Yeshua sobre los que tenían espíritus malos, diciendo: Os conjuro por Yeshua, el que predica Pablo.
14 Había siete hijos de un judío llamado Esceva, principal de los sacerdotes, que hacían esto.
15 Pero respondiendo el espíritu malo, dijo: A Yeshua conozco, y sé quién es Pablo; pero vosotros, ¿quiénes sois?
16 Y el hombre en quien estaba el espíritu malo, saltando sobre ellos, y dominándolos, prevaleció contra ellos, de tal manera que huyeron de aquella casa desnudos y heridos.
17 Y esto fue notorio a todos los que habitaban en Efeso, tanto judíos como griegos; y tuvieron temor todos ellos, y era magnificado el nombre de Yeshua.
18 Y muchos de los que habían creído venían, confesando y dando cuenta de sus hechos.
19 Asimismo muchos de los que habían practicado vanas artes, trajeron los libros, y los quemaron delante de todos; y hecha la cuenta de su precio, hallaron que era cincuenta mil piezas de plata.
20 Así crecía y prevalecía poderosamente la palabra de Yahweh.
21 Pasadas estas cosas, Pablo se propuso en espíritu ir a Jerusalén, después de haber recorrido Macedonia y Acaya, diciendo: Después que haya estado allí, me será necesario ver también a Roma.
22 Y enviando a Macedonia a dos de los que le ayudaban, Timoteo y Erasto, él se quedó por algún tiempo en Asia.
23 Y en aquel tiempo hubo un disturbio no pequeño acerca del Camino.
24 Porque cierto platero llamado Demetrio, que hacía templecillos de plata de Diana, daba no poca ganancia a los artífices;
25 A los cuales, reunidos con los obreros del mismo oficio, les dijo: Señores, sabéis que de este oficio tenemos nuestra riqueza;
26 Y veis y oís que este Pablo, no solamente en Efeso, sino en casi toda Asia, ha apartado a mucha gente con persuasión, diciendo que no son dioses los que se hacen con las manos;
27 Y no solamente hay peligro de que este nuestro negocio venga a desacreditarse, sino también que el templo de la gran diosa Diana sea estimado en nada, y comience a ser destruida su magnificencia, a la cual adora toda Asia, y el mundo.
28 Cuando oyeron estas cosas, se llenaron de ira, y gritaron, diciendo: ¡Grande es Diana de los efesios!
29 Y la ciudad se llenó de confusión, y a una se abalanzaron al teatro, habiendo arrebatado a Gayo y a Aristarco, macedonios, compañeros de viaje de Pablo.
30 Y queriendo Pablo salir al pueblo, los discípulos no le dejaron.
31 También algunas de las autoridades de Asia, que eran sus amigos, le enviaron recado, rogándole que no se presentase en el teatro.
32 Unos, pues, gritaban una cosa, y otros otra; porque la concurrencia estaba confundida, y la mayor parte no sabía por qué se habían reunido.
33 Y sacaron de entre la multitud a Alejandro, empujándole los judíos. Y Alejandro, moviendo su mano, quería hacer su defensa delante del pueblo.
34 Pero cuando supieron que era judío, todos a una voz gritaron por espacio de casi dos horas: ¡Grande es Diana de los efesios!
35 Entonces el escribano, cuando había apaciguado a la multitud, dijo: Varones efesios, ¿y quién es el hombre que no sabe que la ciudad de los efesios es guardiana del templo de la gran diosa Diana, y de la imagen venida de Júpiter?
36 Puesto que esto no puede contradecirse, es necesario que os apacigüéis, y que nada hagáis precipitadamente.
37 Porque habéis traído a estos hombres, sin ser sacrílegos, ni blasfemadores de vuestra diosa.
38 Que si Demetrio y los artífices que están con él tienen pleito contra alguno, audiencias se conceden, y hay procónsules; acúsense los unos a los otros.
39 Y si demandáis alguna otra cosa, en legítima asamblea se podrá decidir.
40 Porque peligro hay de que seamos acusados de sedición por esto de hoy, no habiendo ninguna causa por la cual podamos dar razón de este concurso.
41 Y habiendo dicho esto, despidió la asamblea.
Capítulo 20
1 Y después que cesó el alboroto, llamando Pablo a los discípulos, y habiéndolos abrazado, se despidió, y salió para ir a Macedonia.
2 Y después de recorrer aquellas regiones, y de exhortarlos con abundancia de palabra, vino a Grecia,
3 Donde estuvo tres meses. Y como los judíos le pusieron asechanzas, cuando iba a navegar a Siria, determinó volver por Macedonia.
4 Y le acompañaron hasta Asia, Sópater de Berea; y de los tesalonicenses, Aristarco y Segundo; y Gayo de Derbe, y Timoteo; y de Asia, Tíquico y Trófimo.
5 Estos, habiéndose adelantado, nos esperaron en Troas.
6 Y nosotros, pasados los días de los panes sin levadura, navegamos de Filipos, y en cinco días nos reunimos con ellos en Troas, donde nos quedamos siete días.
7 Y el primer día de la semana, reunidos los discípulos para partir el pan, Pablo les enseñaba, habiendo de salir al día siguiente; y prolongó el discurso hasta la medianoche.
8 Y había muchas lámparas en el aposento alto donde estaban reunidos;
9 Y un joven llamado Eutico, que estaba sentado en la ventana, rendido de un sueño profundo, por cuanto Pablo disertaba largamente, vencido del sueño cayó del tercer piso abajo, y fue levantado muerto.
10 Entonces descendió Pablo, y se echó sobre él, y abrazándole, dijo: No os alborotéis, pues su alma está en él.
11 Después de haber subido, y partido el pan y comido, habló largamente hasta el alba; y así salió.
12 Y llevaron al joven vivo, y fueron no poco consolados.
13 Nosotros, adelantándonos a embarcar, navegamos a Asón para recoger allí a Pablo; porque así lo había determinado, queriendo él ir por tierra.
14 Y cuando se reunió con nosotros en Asón, tomándole a bordo, vinimos a Mitilene.
15 Navegando de allí, al día siguiente llegamos delante de Quío, y al otro día tocamos en Samos; y habiendo permanecido en Trogilio, al día siguiente vinimos a Mileto.
16 Porque Pablo se había propuesto pasar de largo a Efeso, para no detenerse en Asia; pues se apresuraba por estar el día de Pentecostés, si le fuese posible, en Jerusalén.
17 Y enviando desde Mileto a Efeso, hizo llamar a los ancianos de la iglesia.
18 Y cuando vinieron a él, les dijo: Vosotros sabéis cómo me he comportado entre vosotros todo el tiempo, desde el primer día que entré en Asia,
19 Sirviendo a Yeshua con toda humildad, y con muchas lágrimas, y pruebas, que me han venido por las asechanzas de los judíos;
20 Y cómo nada que fuese útil he rehuido de anunciaros y enseñaros, públicamente y por las casas,
21 Testificando tanto a judíos como a griegos acerca del arrepentimiento para con Yahweh, y de la fe en nuestro Yeshua Mesías.
22 Ahora, he aquí, ligado yo en espíritu, voy a Jerusalén, sin saber lo que allá me ha de acontecer;
23 Salvo que el Espíritu Santo por todas las ciudades me da testimonio, diciendo que me esperan prisiones y tribulaciones.
24 Pero de ninguna cosa hago caso, ni estimo preciosa mi vida para mí mismo, con tal que acabe mi carrera con gozo, y el ministerio que recibí de Yeshua, para dar testimonio del evangelio de la gracia de Yahweh.
25 Y ahora, he aquí, yo sé que ninguno de todos vosotros, entre quienes he pasado predicando el reino de Yahweh, verá más mi rostro.
26 Por lo tanto, os testifico en este día, que estoy limpio de la sangre de todos;
27 Porque no he rehuido anunciaros todo el consejo de Yahweh.
28 Por tanto, mirad por vosotros, y por todo el rebaño en que el Espíritu Santo os ha puesto por obispos, para apacentar la iglesia de Yeshua, la cual él ganó por su propia sangre.
29 Porque yo sé que después de mi partida entrarán en medio de vosotros lobos rapaces, que no perdonarán al rebaño.
30 Y de vosotros mismos se levantarán hombres que hablen cosas perversas para arrastrar tras sí a los discípulos.
31 Por tanto, velad, acordándoos que por tres años, de noche y de día, no he cesado de amonestar con lágrimas a cada uno.
32 Y ahora, hermanos, os encomiendo a Yahweh, y a la palabra de su gracia, que tiene poder para sobreedificaros, y daros herencia con todos los santificados.
33 No he codiciado plata, ni oro, ni vestido de nadie.
34 Antes vosotros sabéis que para lo que me ha sido necesario a mí y a los que están conmigo, estas manos me han servido.
35 En todo os he enseñado que, trabajando así, se debe ayudar a los necesitados, y recordar las palabras de Yeshua, que dijo: Más bienaventurado es dar que recibir.
36 Y cuando hubo dicho estas cosas, se puso de rodillas, y oró con todos ellos.
37 Entonces hubo un gran llanto de todos; y echándose al cuello de Pablo, le besaban,
38 Doliéndose en gran manera por la palabra que dijo, que no verían más su rostro. Y le acompañaron al barco.
Capítulo 21
1 Y aconteció que después de separarnos de ellos, zarpamos y vinimos por rumbo directo a Cos, y al día siguiente a Rodas, y de allí a Pátara.
2 Y hallando un barco que pasaba a Fenicia, nos embarcamos, y zarpamos.
3 Al avistar Chipre, dejándola a mano izquierda, navegamos a Siria, y arribamos a Tiro; porque el barco había de descargar allí su cargamento.
4 Y hallando a los discípulos, nos quedamos allí siete días; y ellos decían a Pablo por el Espíritu, que no subiese a Jerusalén.
5 Y cumplidos aquellos días, salimos acompañados de todos, con sus mujeres e hijos, hasta fuera de la ciudad; y puestos de rodillas en la playa, oramos.
6 Y abrazándonos los unos a los otros, subimos al barco, y ellos se volvieron a sus casas.
7 Y nosotros completamos la navegación de Tiro a Tolemaida, y saludamos a los hermanos, y nos quedamos con ellos un día.
8 Al otro día, saliendo Pablo y los que con él estábamos, vinimos a Cesarea; y entramos en casa de Felipe el evangelista, que era de los siete, y nos quedamos con él.
9 Y este tenía cuatro hijas doncellas que profetizaban.
10 Y permaneciendo nosotros allí algunos días, descendió de Judea un profeta llamado Agabo,
11 Quien viniendo a vernos, tomó el cinto de Pablo, y atándose los pies y las manos, dijo: Esto dice el Espíritu Santo: Así atarán los judíos en Jerusalén al varón de quien es este cinto, y le entregarán en manos de los gentiles.
12 Al oír esto, le rogamos nosotros y los de aquel lugar, que no subiese a Jerusalén.
13 Entonces Pablo respondió: ¿Qué hacéis llorando y quebrantándome el corazón? Porque yo estoy dispuesto no sólo a ser atado, mas aun a morir en Jerusalén por el nombre de Yeshua.
14 Y como no le pudimos persuadir, desistimos, diciendo: Hágase la voluntad de Yeshua.
15 Y después de estos días, hechos ya los preparativos, subimos a Jerusalén.
16 Y vinieron también con nosotros algunos de los discípulos de Cesarea, trayendo consigo a uno llamado Mnasón, de Chipre, discípulo antiguo, con quien nos habíamos de hospedar.
17 Y cuando llegamos a Jerusalén, los hermanos nos recibieron con gozo.
18 Y al día siguiente Pablo entró con nosotros a ver a Jacobo; y se hallaban presentes todos los ancianos.
19 A los cuales, después de haberlos saludado, les contó una por una las cosas que Yahweh había hecho entre los gentiles por su ministerio.
20 Y cuando ellos lo oyeron, glorificaron a Yeshua, y le dijeron: Ya ves, hermano, cuántos millares de judíos hay que han creído; y todos son celosos por la ley.
21 Pero se les ha informado en cuanto a ti, que enseñas a todos los judíos que están entre los gentiles a apostatar de Moisés, diciéndoles que no circunciden a sus hijos, ni observen las costumbres.
22 ¿Qué hay, pues? La multitud se reunirá de cierto, porque oirán que has venido.
23 Haz, pues, esto que te decimos: Hay entre nosotros cuatro hombres que tienen obligación de cumplir voto;
24 Tómalos contigo, purifícate con ellos, y paga sus gastos para que se rasuren la cabeza; y todos comprenderán que no hay nada de lo que se les informó acerca de ti, sino que tú también andas ordenadamente, guardando la ley.
25 Pero en cuanto a los gentiles que han creído, nosotros les hemos escrito determinando que no guarden nada de esto; solamente que se abstengan de lo sacrificado a los ídolos, de sangre, de ahogado y de fornicación.
26 Entonces Pablo tomó consigo a aquellos hombres, y al día siguiente, habiéndose purificado con ellos, entró en el templo, para anunciar el cumplimiento de los días de la purificación, cuando había de presentarse la ofrenda por cada uno de ellos.
27 Pero cuando estaban para cumplirse los siete días, unos judíos de Asia, al verle en el templo, alborotaron a todo el pueblo, y le echaron mano,
28 Dando voces: ¡Varones israelitas, ayudad! Este es el hombre que por todas partes enseña a todos contra el pueblo, la ley y este lugar; y además de esto, ha metido a griegos en el templo, y ha profanado este santo lugar.
29 (Porque antes habían visto con él en la ciudad a Trófimo, de Efeso, a quien pensaban que Pablo había metido en el templo.)
30 Así que toda la ciudad se conmovió, y se agolpó el pueblo; y apoderándose de Pablo, le arrastraron fuera del templo, e inmediatamente cerraron las puertas.
31 Y procurando ellos matarle, se le avisó al tribuno de la compañía, que toda la ciudad de Jerusalén estaba alborotada.
32 Este, tomando luego soldados y centuriones, corrió a ellos; y cuando ellos vieron al tribuno y a los soldados, dejaron de golpear a Pablo.
33 Entonces, llegando el tribuno, le prendió, y le mandó atar con dos cadenas, y preguntó quién era y qué había hecho.
34 Pero entre la multitud, unos gritaban una cosa, y otros otra; y como no podía entender nada de cierto a causa del alboroto, le mandó llevar a la fortaleza.
35 Y al llegar a las gradas, sucedió que era llevado en peso por los soldados a causa de la violencia de la multitud;
36 Porque la muchedumbre del pueblo venía detrás, gritando: ¡Muera!
37 Y cuando comenzaron a meter a Pablo en la fortaleza, dijo al tribuno: ¿Se me permite decirte algo? Y él dijo: ¿Sabes griego?
38 ¿No eres tú aquel egipcio que levantó una sedición antes de estos días, y sacó al desierto a cuatro mil sicarios?
39 Entonces dijo Pablo: Yo ciertamente soy hombre judío de Tarso, ciudadano de una ciudad no insignificante de Cilicia; pero te ruego que me permitas hablar al pueblo.
40 Y cuando él se lo permitió, Pablo, estando en pie en las gradas, hizo señal con la mano al pueblo. Y hecho grande silencio, les habló en lengua hebrea, diciendo:
Capítulo 22
1 Varones hermanos y padres, oíd ahora mi defensa ante vosotros.
2 (Y al oír que les hablaba en lengua hebrea, guardaron más silencio; y él les dijo:)
3 Yo de cierto soy hombre judío, nacido en Tarso de Cilicia, pero criado en esta ciudad, instruido a los pies de Gamaliel, estrictamente conforme a la ley de nuestros padres, celoso de Yahweh, como hoy lo sois todos vosotros.
4 Perseguía yo este Camino hasta la muerte, prendiendo y entregando en cárceles a hombres y mujeres;
5 Como el sumo sacerdote también me es testigo, y todos los ancianos, de quienes también recibí cartas para los hermanos, y fui a Damasco para traer presos a Jerusalén también a los que estuviesen allí, para que fuesen castigados.
6 Pero aconteció que yendo yo, al llegar cerca de Damasco, como a mediodía, de repente me rodeó mucha luz del cielo;
7 Y caí al suelo, y oí una voz que me decía: Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues?
8 Yo entonces respondí: ¿Quién eres, Yeshua? Y me dijo: Yo soy Yeshua de Nazaret, a quien tú persigues.
9 Y los que estaban conmigo vieron a la verdad la luz, y se espantaron; pero no entendieron la voz del que hablaba conmigo.
10 Y dije: ¿Qué haré, Yeshua? Y Yeshua me dijo: Levántate, y ve a Damasco, y allí se te dirá todo lo que está ordenado que hagas.
11 Y como yo no veía a causa de la gloria de aquella luz, llevado de la mano por los que estaban conmigo, llegué a Damasco.
12 Entonces uno llamado Ananías, varón piadoso según la ley, que tenía buen testimonio de todos los judíos que allí moraban,
13 Vino a mí, y acercándose, me dijo: Hermano Saulo, recibe la vista. Y yo en aquella misma hora recobré la vista y le miré.
14 Y él dijo: El Yahweh de nuestros padres te ha predestinado para que conozcas su voluntad, y veas al Justo, y oigas la voz de su boca.
15 Porque serás testigo suyo a todos los hombres, de lo que has visto y oído.
16 Ahora, pues, ¿por qué te detienes? Levántate y bautízate, y lava tus pecados, invocando el nombre de Yeshua.
17 Y me aconteció, vuelto a Jerusalén, que orando en el templo me sobrevino un éxtasis.
18 Y le vi que me decía: Date prisa, y sal prontamente de Jerusalén; porque no recibirán tu testimonio acerca de mí.
19 Y yo dije: Yeshua, ellos saben que yo encarcelaba y azotaba en todas las sinagogas a los que creían en ti;
20 Y cuando se derramaba la sangre de Esteban tu testigo, yo mismo también estaba presente, y consentía en su muerte, y guardaba las ropas de los que le mataban.
21 Pero él me dijo: Ve, porque yo te enviaré lejos a los gentiles.
22 Y le oyeron hasta esta palabra; entonces alzaron la voz, diciendo: Quita de la tierra a tal hombre, porque no conviene que viva.
23 Y como ellos gritaban y arrojaban sus ropas y lanzaban polvo al aire,
24 Mandó el tribuno que le metiesen en la fortaleza, y ordenó que fuese examinado con azotes, para saber por qué clamaban así contra él.
25 Pero cuando le ataron con correas, Pablo dijo al centurión que estaba presente: ¿Os es lícito azotar a un ciudadano romano sin haber sido condenado?
26 Cuando el centurión oyó esto, fue y dio aviso al tribuno, diciendo: ¿Qué vas a hacer? Porque este hombre es ciudadano romano.
27 Vino el tribuno y le dijo: Dime, ¿eres tú ciudadano romano? Él dijo: Sí.
28 Respondió el tribuno: Yo con una gran suma adquirí esta ciudadanía. Entonces Pablo dijo: Pero yo lo soy de nacimiento.
29 Así que, luego se apartaron de él los que le iban a dar tormento; y aun el tribuno, al saber que era ciudadano romano, también tuvo temor por haberle atado.
30 Pero al día siguiente, queriendo saber de cierto la causa por la cual le acusaban los judíos, le soltó de las cadenas, y mandó venir a los principales sacerdotes y a todo el concilio, y sacando a Pablo, le presentó ante ellos.
Capítulo 23
1 Entonces Pablo, mirando fijamente al concilio, dijo: Varones hermanos, yo con toda buena conciencia he vivido delante de Yahweh hasta el día de hoy.
2 El sumo sacerdote Ananías ordenó entonces a los que estaban junto a él, que le golpeasen en la boca.
3 Entonces Pablo le dijo: ¡Yahweh te va a golpear a ti, pared blanqueada! ¿Estás tú sentado para juzgarme conforme a la ley, y quebrantando la ley me mandas golpear?
4 Los que estaban allí dijeron: ¿Al sumo sacerdote de Yahweh injurias?
5 Pablo dijo: No sabía, hermanos, que era el sumo sacerdote; pues escrito está: No maldecirás a un príncipe de tu pueblo.
6 Cuando Pablo se dio cuenta de que una parte era de saduceos y otra de fariseos, clamó en el concilio: Varones hermanos, yo soy fariseo, hijo de fariseo; acerca de la esperanza y de la resurrección de los muertos se me juzga.
7 Cuando dijo esto, se produjo disensión entre los fariseos y los saduceos, y la asamblea se dividió.
8 Porque los saduceos dicen que no hay resurrección, ni ángel, ni espíritu; pero los fariseos afirman estas cosas.
9 Y hubo un gran vocerío; y levantándose los escribas de la parte de los fariseos, contendían, diciendo: Ningún mal hallamos en este hombre; que si un espíritu le ha hablado, o un ángel, no resistamos a Yahweh.
10 Y habiendo grande disensión, el tribuno, teniendo temor de que Pablo fuese despedazado por ellos, mandó que descendiesen los soldados y le arrebatasen de en medio de ellos, y le llevasen a la fortaleza.
11 A la noche siguiente se le presentó Yeshua y le dijo: Ten ánimo, Pablo, pues como has testificado de mí en Jerusalén, así es necesario que también testifiques en Roma.
12 Venido el día, algunos de los judíos tramaron un complot, y se juramentaron bajo maldición, diciendo que no comerían ni beberían hasta que hubiesen dado muerte a Pablo.
13 Eran más de cuarenta los que habían hecho esta conjuración,
14 Los cuales fueron a los principales sacerdotes y a los ancianos y dijeron: Nosotros nos hemos juramentado bajo maldición, a no gustar nada hasta que hayamos dado muerte a Pablo.
15 Ahora, pues, vosotros, con el concilio, requerid al tribuno que le traiga mañana ante vosotros, como que queréis indagar alguna cosa más cierta acerca de él; y nosotros estaremos listos para matarle antes que él llegue.
16 Mas el hijo de la hermana de Pablo, oyendo hablar de la celada, fue y entró en la fortaleza, y dio aviso a Pablo.
17 Pablo, llamando a uno de los centuriones, dijo: Lleva a este joven ante el tribuno, porque tiene cierto aviso que darle.
18 Él entonces le tomó, y le llevó al tribuno, y dijo: El preso Pablo me llamó y me rogó que trajese ante ti a este joven, que tiene algo que hablarte.
19 El tribuno, tomándole de la mano, y retirándose aparte, le preguntó: ¿Qué es lo que tienes que comunicarme?
20 Él le dijo: Los judíos han convenido en rogarte que mañana lleves a Pablo ante el concilio, como que van a inquirir alguna cosa más cierta acerca de él.
21 Pero tú no les creas; porque más de cuarenta hombres de ellos le acechan, los cuales se han juramentado bajo maldición, a no comer ni beber hasta que le hayan dado muerte; y ahora están listos, esperando tu promesa.
22 Entonces el tribuno despidió al joven, mandándole que a nadie dijese que le había dado aviso de esto.
23 Y llamando a dos centuriones, mandó que preparasen para la hora tercera de la noche doscientos soldados, setenta jinetes y doscientos lanceros, para que fuesen hasta Cesarea;
24 Y que preparasen cabalgaduras en que poniendo a Pablo, le llevasen en salvo a Félix el gobernador.
25 Y escribió una carta en estos términos:
26 Claudio Lisias al excelentísimo gobernador Félix: Salud.
27 Este hombre, aprehendido por los judíos, y que iban ellos a matar, habiendo yo intervenido con la tropa, le rescaté, averiguando que era ciudadano romano.
28 Y queriendo saber la causa por la cual le acusaban, le llevé al concilio de ellos;
29 Y hallé que le acusaban por cuestiones de la ley de ellos, pero que ningún delito tenía digno de muerte o de prisión.
30 Pero al serme avisado de las asechanzas que los judíos habían tramado contra este hombre, al punto le he enviado a ti, intimando también a los acusadores que traten delante de ti lo que tengan contra él. Pásala bien.
31 Y los soldados, tomando a Pablo como se les ordenó, le llevaron de noche a Antípatris.
32 Y al día siguiente, dejando a los jinetes que fuesen con él, volvieron a la fortaleza.
33 Cuando aquellos llegaron a Cesarea, y dieron la carta al gobernador, presentaron también a Pablo delante de él.
34 Y el gobernador, leída la carta, preguntó de qué provincia era; y habiendo entendido que era de Cilicia,
35 Te oiré, dijo, cuando vengan tus acusadores. Y mandó que le custodiasen en el pretorio de Herodes.
Capítulo 24
1 Cinco días después, descendió el sumo sacerdote Ananías con algunos de los ancianos, y un cierto orador llamado Tértulo, y comparecieron ante el gobernador contra Pablo.
2 Y citado que fue, Tértulo comenzó a acusarle, diciendo: Como debido a ti gozamos de gran paz, y muchas cosas son bien gobernadas en el pueblo por tu prudencia,
3 Excelentísimo Félix, lo recibimos en todo tiempo y en todo lugar con toda gratitud.
4 Pero, por no molestarte más largamente, te ruego que nos oigas brevemente conforme a tu equidad.
5 Porque hemos hallado que este hombre es una plaga, y promotor de sediciones entre todos los judíos por todo el mundo, y cabecilla de la secta de los nazarenos;
6 El cual también intentó profanar el templo; y prendiéndole, quisimos juzgarle conforme a nuestra ley.
7 Pero interviniendo el tribuno Lisias, con gran violencia le quitó de nuestras manos,
8 Mandando a sus acusadores que viniesen a ti; y examinándole tú, podrás entender todas estas cosas de que le acusamos.
9 Y los judíos también confirmaban, diciendo ser así.
10 Habiéndole hecho señal el gobernador para que hablase, Pablo respondió: Porque sé que desde hace muchos años eres juez de esta nación, con buen ánimo haré mi defensa.
11 Como tú puedes cerciorarte, no hace más de doce días que subí a Jerusalén a adorar;
12 Y no me hallaron disputando con ninguno, ni amotinando a la multitud; ni en el templo, ni en las sinagogas, ni en la ciudad;
13 Ni pueden probar las cosas de que ahora me acusan.
14 Pero esto te confieso, que según el Camino que ellos llaman herejía, así sirvo al Yahweh de mis padres, creyendo todas las cosas que en la ley y en los profetas están escritas;
15 Teniendo esperanza en Yahweh, la cual ellos también abrigan, de que ha de haber resurrección de los muertos, así de justos como de injustos.
16 Y por esto procuro tener siempre una conciencia sin ofensa ante Yahweh y ante los hombres.
17 Pero pasados algunos años, vine a hacer limosnas a mi nación y a presentar ofrendas;
18 En lo cual me hallaron purificado en el templo (no con multitud ni con alboroto) unos judíos de Asia,
19 Los cuales debían comparecer ante ti y acusarme, si contra mí tenían algo.
20 O digan estos mismos si hallaron en mí alguna cosa mal hecha, cuando comparecí ante el concilio,
21 A no ser por esta sola voz que lancé en alta voz estando entre ellos: Acerca de la resurrección de los muertos soy juzgado hoy por vosotros.
22 Entonces Félix, oídas estas cosas, y estando bien informado de este Camino, les aplazó, diciendo: Cuando descendiere el tribuno Lisias, acabaré de conocer de vuestro asunto.
23 Y mandó al centurión que se custodiase a Pablo, pero que se le concediese alguna libertad, y que no impidiese a ninguno de los suyos servirle o venir a él.
24 Algunos días después, viniendo Félix con su mujer Drusila, que era judía, llamó a Pablo, y le oyó acerca de la fe en el Mesías.
25 Pero al disertar Pablo acerca de la justicia, del dominio propio, y del juicio venidero, Félix se espantó, y dijo: Ahora vete; pero cuando tenga oportunidad te llamaré.
26 Esperaba también con esto, que Pablo le diera dinero para que le soltase; por lo cual frecuentemente le hacía venir, y hablaba con él.
27 Pero al cabo de dos años recibió Félix por sucesor a Porcio Festo; y queriendo Félix congraciarse con los judíos, dejó preso a Pablo.
Capítulo 25
1 Llegado, pues, Festo a la provincia, al tercer día subió de Cesarea a Jerusalén.
2 Y los principales sacerdotes y los más influyentes de los judíos se presentaron ante él contra Pablo, y le rogaron,
3 Pidiendo contra él, como gracia, que le hiciese traer a Jerusalén; preparando ellos una celada para matarle en el camino.
4 Pero Festo respondió que Pablo estaba custodiado en Cesarea, y que él mismo partiría en breve allá.
5 Los que de vosotros, dijo, puedan, desciendan conmigo, y acúsenle, si hay en este hombre algún crimen.
6 Y deteniéndose entre ellos no más de diez días, vino a Cesarea; y al siguiente día, sentado en el tribunal, mandó que fuese traído Pablo.
7 Y cuando él llegó, le rodearon los judíos que habían venido de Jerusalén, presentando contra él muchas y graves acusaciones, las cuales no podían probar;
8 Alegando él en su defensa: Ni contra la ley de los judíos, ni contra el templo, ni contra César he pecado en nada.
9 Pero Festo, queriendo congraciarse con los judíos, respondiendo a Pablo, dijo: ¿Quieres subir a Jerusalén, y allá ser juzgado de estas cosas delante de mí?
10 Pablo dijo: Ante el tribunal de César estoy, donde debo ser juzgado. A los judíos no les he hecho ningún agravio, como tú sabes muy bien.
11 Porque si algún agravio, o cosa alguna digna de muerte he hecho, no rehúso morir; pero si nada hay de las cosas de que estos me acusan, nadie puede entregarme a ellos. A César apelo.
12 Entonces Festo, habiendo hablado con el consejo, respondió: A César has apelado; a César irás.
13 Pasados algunos días, el rey Agripa y Berenice vinieron a Cesarea para saludar a Festo.
14 Y como estuvieron allí muchos días, Festo expuso al rey el caso de Pablo, diciendo: Un hombre ha sido dejado preso por Félix,
15 Respecto al cual, cuando fui a Jerusalén, se me presentaron los principales sacerdotes y los ancianos de los judíos, pidiendo sentencia contra él.
16 A los cuales respondí que no es costumbre de los romanos entregar a algún hombre a la muerte, antes que el acusado tenga delante a sus acusadores, y pueda defenderse de la acusación.
17 Así que, habiendo venido ellos acá, sin ninguna dilación, al día siguiente, sentado en el tribunal, mandé traer al hombre.
18 Y presentándose los acusadores, no le imputaron ningún cargo de los que yo sospechaba,
19 Sino que tenían contra él ciertas cuestiones acerca de su superstición, y de un cierto Yeshua, ya muerto, el que Pablo afirmaba estar vivo.
20 Yo, dudando en cuestión semejante, le pregunté si quería ir a Jerusalén, y allá ser juzgado de estas cosas.
21 Mas como Pablo apeló para que se le reservase para el conocimiento de Augusto, mandé que le custodiasen hasta que le enviara yo a César.
22 Entonces Agripa dijo a Festo: Yo también quisiera oír a ese hombre. Y él le dijo: Mañana le oirás.
23 Al día siguiente, viniendo Agripa y Berenice con mucha pompa, y habiendo entrado en la audiencia con los tribunos y principales hombres de la ciudad, por mandato de Festo fue traído Pablo.
24 Entonces Festo dijo: Rey Agripa, y todos los varones que estáis aquí presentes con nosotros, aquí tenéis a este hombre, respecto del cual toda la multitud de los judíos me ha demandado en Jerusalén y aquí, dando voces que no debe vivir más.
25 Pero yo, hallando que ninguna cosa digna de muerte ha hecho, y como él mismo apeló a Augusto, he determinado enviarle a él.
26 Como no tengo cosa cierta que escribir a mi señor, le he traído ante vosotros, y mayormente ante ti, oh rey Agripa, para que después de examinarle, tenga yo qué escribir.
27 Porque me parece fuera de razón enviar un preso, y no informar de los cargos que haya en su contra.
Capítulo 26
1 Entonces Agripa dijo a Pablo: Se te permite hablar por ti mismo. Pablo entonces, extendiendo la mano, comenzó su defensa:
2 Me tengo por dichoso, oh rey Agripa, de que haya de defenderme hoy delante de ti de todas las cosas de que soy acusado por los judíos;
3 Mayormente porque tú conoces todas las costumbres y cuestiones que hay entre los judíos; por lo cual te ruego que me oigas con paciencia.
4 Mi vida, pues, desde mi juventud, la cual desde el principio pasé en mi nación, en Jerusalén, la conocen todos los judíos;
5 Los cuales también saben que yo desde el principio, si quieren testificarlo, conforme a la más rigurosa secta de nuestra religión, viví fariseo.
6 Y ahora, por la esperanza de la promesa que hizo Yahweh a nuestros padres, soy llamado a juicio;
7 Promesa cuyo cumplimiento esperan que han de alcanzar nuestras doce tribus, sirviendo constantemente a Yahweh de día y de noche. Por esta esperanza, oh rey Agripa, soy acusado por los judíos.
8 ¡Qué! ¿Se juzga entre vosotros cosa increíble que Yahweh resucite a los muertos?
9 Yo ciertamente había pensado dentro de mí que era mi obligación hacer muchas cosas contra el nombre de Yeshua de Nazaret;
10 Lo cual también hice en Jerusalén. Yo encerré en cárceles a muchos de los santos, habiendo recibido poderes de los principales sacerdotes; y cuando los mataron, yo di mi voto contra ellos.
11 Y muchas veces, castigándolos en todas las sinagogas, los forcé a blasfemar; y enfurecido sobremanera contra ellos, los perseguí hasta en las ciudades extranjeras.
12 Ocupado en esto, iba yo a Damasco con poderes y en comisión de los principales sacerdotes,
13 Cuando a mediodía, oh rey, yendo por el camino, vi una luz del cielo que sobrepasaba el resplandor del sol, la cual me rodeó a mí y a los que iban conmigo.
14 Y habiendo caído todos nosotros en tierra, oí una voz que me hablaba, y decía en lengua hebrea: Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues? Dura cosa te es dar coces contra el aguijón.
15 Yo entonces dije: ¿Quién eres, Yeshua? Y él respondió: Yo soy Yeshua, a quien tú persigues.
16 Pero levántate, y ponte sobre tus pies; porque para esto he aparecido a ti, para ponerte por ministro y testigo de las cosas que has visto, y de aquellas en que me apareceré a ti,
17 Librándote de tu pueblo, y de los gentiles, a quienes ahora te envío,
18 Para que abras sus ojos, para que se conviertan de las tinieblas a la luz, y de la potestad de Satanás a Yahweh; para que reciban, por la fe que es en mí, perdón de pecados y herencia entre los santificados.
19 Por lo cual, oh rey Agripa, no fui rebelde a la visión celestial,
20 Sino que anuncié primeramente a los que están en Damasco, y Jerusalén, y por toda la tierra de Judea, y a los gentiles, que se arrepintiesen y se convirtiesen a Yahweh, haciendo obras dignas de arrepentimiento.
21 Por causa de esto los judíos, prendiéndome en el templo, intentaron matarme.
22 Pero habiendo obtenido auxilio de Yahweh, persevero hasta el día de hoy, dando testimonio a pequeños y a grandes, no diciendo nada fuera de las cosas que los profetas y Moisés dijeron que habían de suceder:
23 Que el Mesías había de padecer, y ser el primero de la resurrección de los muertos, para anunciar luz al pueblo y a los gentiles.
24 Diciendo él estas cosas en su defensa, Festo a gran voz dijo: Estás loco, Pablo; las muchas letras te vuelven loco.
25 Mas él dijo: No estoy loco, excelentísimo Festo, sino que hablo palabras de verdad y de cordura.
26 Pues el rey sabe estas cosas, delante de quien también hablo con toda confianza. Porque no pienso que ignora nada de esto; pues no se ha hecho esto en ningún rincón.
27 ¿Crees, rey Agripa, a los profetas? Yo sé que crees.
28 Entonces Agripa dijo a Pablo: Por poco me persuades a ser cristiano.
29 Y Pablo dijo: Quisiera yo ante Yahweh, que no solo tú, sino también todos los que hoy me oyen, fueseis tanto casi, como enteramente, tales como yo soy, excepto estas cadenas.
30 Y cuando hubo dicho esto, se levantó el rey, y el gobernador, y Bernice, y los que se habían sentado con ellos:
31 Y cuando se hubieron retirado aparte, hablaron entre sí, diciendo: Este hombre no hace ninguna cosa digna de muerte ni de cadenas.
32 Entonces Agripa dijo a Festo: Este hombre podría haber sido puesto en libertad, si no hubiera apelado a César.
Capítulo 27
1 Y cuando se determinó que habíamos de navegar hacia Italia, entregaron a Pablo y a ciertos otros prisioneros a un centurión llamado Julio, de la banda de Augusto.
2 Y entrando en una nave de Adramitio, nos hicimos a la vela, con intención de navegar por las costas de Asia; estando con nosotros Aristarco, un macedonio de Tesalónica.
3 Y al día siguiente llegamos a Sidón. Y Julio trató a Pablo con humanidad, y le dio libertad para ir a sus amigos, para refrescarse.
4 Y haciéndonos a la vela desde allí, navegamos a sotavento de Chipre, porque los vientos eran contrarios.
5 Y habiendo navegado por el mar de Cilicia y Panfilia, llegamos a Mira, una ciudad de Licia.
6 Y allí el centurión halló una nave de Alejandría que navegaba hacia Italia; y nos puso en ella.
7 Y navegando lentamente muchos días, y habiendo llegado apenas frente a Gnido, no dejándonos el viento avanzar, navegamos a sotavento de Creta, frente a Salmón;
8 Y, pasando apenas a lo largo de ella, llegamos a un lugar que se llama Buenos Puertos, cerca del cual estaba la ciudad de Lasea.
9 Y habiendo pasado mucho tiempo, y siendo ya peligrosa la navegación, porque ya había pasado el ayuno, Pablo les amonestaba,
10 Y les dijo: Señores, veo que esta navegación será con perjuicio y mucho daño, no solo de la carga y de la nave, sino también de nuestras vidas.
11 Pero el centurión creía más al piloto y al dueño de la nave, que a las cosas que Pablo decía.
12 Y porque el puerto no era cómodo para invernar, la mayoría aconsejó partir también de allí, si por alguna manera pudiesen llegar a Fenice, y allí invernar; que es un puerto de Creta, y mira hacia el suroeste y el noroeste.
13 Y soplando suavemente el viento del sur, suponiendo que habían obtenido su propósito, levando anclas, navegaron cerca a lo largo de Creta.
14 Pero no mucho después se levantó contra ella un viento tempestuoso, llamado Euroclidón.
15 Y siendo la nave arrebatada, y no pudiendo resistir contra el viento, la dejamos ir a la deriva.
16 Y corriendo a sotavento de una cierta isla que se llama Clauda, con mucho trabajo pudimos hacernos del esquife:
17 El cual, cuando lo hubieron subido, usaron de refuerzos, ciñendo la nave por debajo; y, temiendo caer en las arenas movedizas, bajaron la vela, y así eran llevados a la deriva.
18 Y siendo nosotros en extremo sacudidos por una tempestad, al día siguiente aligeraron la nave;
19 Y al tercer día echamos fuera con nuestras propias manos los aparejos de la nave.
20 Y no apareciendo ni el sol ni las estrellas durante muchos días, y estando sobre nosotros una tempestad no pequeña, ya se había perdido toda esperanza de que nos salvásemos.
21 Pero después de larga abstinencia, Pablo se levantó en medio de ellos, y dijo: Señores, debíais haberme oído, y no haber partido de Creta, para evitar este perjuicio y esta pérdida.
22 Y ahora os exhorto a tener buen ánimo: porque no habrá pérdida de la vida de ninguno de vosotros, sino solo de la nave.
23 Porque esta noche ha estado conmigo el ángel de Yahweh, de quien soy, y a quien sirvo,
24 Diciendo: Pablo, no temas; es necesario que seas presentado delante de César: y he aquí, Yahweh te ha dado a todos los que navegan contigo.
25 Por lo tanto, señores, tened buen ánimo: porque yo creo a Yahweh, que será así como se me ha dicho.
26 Sin embargo, es necesario que seamos arrojados sobre una cierta isla.
27 Pero cuando vino la decimocuarta noche, mientras éramos llevados de un lado a otro en Adria, como a la medianoche los marineros sospecharon que se acercaban a alguna tierra;
28 Y echaron la sonda, y hallaron veinte brazas: y pasando un poco más adelante, volvieron a echar la sonda, y hallaron quince brazas.
29 Entonces, temiendo caer sobre rocas, echaron cuatro anclas por la popa, y deseaban que llegase el día.
30 Y cuando los marineros procuraban huir de la nave, y habían bajado el esquife al mar, con el pretexto de que querían echar anclas desde la proa,
31 Pablo dijo al centurión y a los soldados: Si estos no permanecen en la nave, vosotros no podéis salvaros.
32 Entonces los soldados cortaron las amarras del esquife, y lo dejaron caer.
33 Y mientras amanecía, Pablo exhortaba a todos a tomar alimento, diciendo: Este es el decimocuarto día que habéis esperado y permanecido en ayunas, sin tomar nada.
34 Por lo tanto, os ruego que toméis algún alimento: porque esto es para vuestra salud: porque ni un cabello caerá de la cabeza de ninguno de vosotros.
35 Y habiendo dicho esto, tomó pan, y dio gracias a Yahweh en presencia de todos: y cuando lo hubo partido, comenzó a comer.
36 Entonces todos, teniendo ya buen ánimo, tomaron también alimento.
37 Y éramos en total en la nave doscientas setenta y seis almas.
38 Y cuando se hubieron saciado, aligeraron la nave, echando el trigo al mar.
39 Y cuando fue de día, no reconocían la tierra: pero descubrieron una cierta ensenada con una playa, en la cual acordaron, si fuese posible, encallar la nave.
40 Y cuando hubieron cortado las anclas, las dejaron en el mar, soltando también las ataduras de los timones, e izaron la vela mayor al viento, y se dirigieron hacia la playa.
41 Y cayendo en un lugar donde dos mares se encuentran, encallaron la nave; y la proa, hincada, quedó inmóvil, pero la popa se rompía con la violencia de las olas.
42 Y el consejo de los soldados era matar a los prisioneros, para que ninguno de ellos se escapase nadando.
43 Pero el centurión, queriendo salvar a Pablo, les impidió su propósito; y mandó que los que pudiesen nadar se echasen primero al mar, y llegasen a tierra:
44 Y los demás, algunos en tablas, y algunos en pedazos rotos de la nave. Y así aconteció que todos escaparon salvos a tierra.
Capítulo 28
1 Y cuando hubieron escapado, entonces supieron que la isla se llamaba Melita.
2 Y la gente bárbara nos mostró no poca humanidad: porque encendieron un fuego, y nos recibieron a todos, a causa de la lluvia presente, y a causa del frío.
3 Y cuando Pablo hubo recogido un manojo de leña, y lo hubo puesto sobre el fuego, salió una víbora a causa del calor, y se le prendió de la mano.
4 Y cuando los bárbaros vieron a la bestia venenosa colgando de su mano, decían entre sí: Sin duda este hombre es un homicida, a quien, aunque ha escapado del mar, la venganza no le deja vivir.
5 Pero él, sacudiendo la bestia en el fuego, no padeció ningún daño.
6 Sin embargo, ellos miraban cuándo él se había de hinchar, o caer muerto de repente: pero después de haber mirado mucho tiempo, y viendo que ningún daño le venía, cambiaron de parecer, y dijeron que era un dios.
7 En aquellos mismos lugares había posesiones del hombre principal de la isla, cuyo nombre era Publio; el cual nos recibió, y nos hospedó tres días cortésmente.
8 Y aconteció que el padre de Publio estaba en cama, enfermo de fiebre y de flujo de sangre: al cual Pablo entró a ver, y oró, y le impuso las manos, y le sanó.
9 Y hecho esto, también otros que tenían enfermedades en la isla venían, y eran sanados:
10 Los cuales también nos honraron con muchos honores; y cuando partimos, nos proveyeron de las cosas que eran necesarias.
11 Y después de tres meses partimos en una nave de Alejandría, que había invernado en la isla, cuyo signo era Cástor y Pólux.
12 Y llegando a Siracusa, nos quedamos allí tres días.
13 Y de allí, rodeando, llegamos a Regio: y después de un día sopló el viento del sur, y llegamos al día siguiente a Puteoli:
14 Donde hallamos hermanos, y fuimos rogados a quedarnos con ellos siete días: y así fuimos hacia Roma.
15 Y de allí, cuando los hermanos oyeron de nosotros, salieron a recibirnos hasta el Foro de Apio, y Las Tres Tabernas: a los cuales, cuando Pablo vio, dio gracias a Yahweh, y tomó ánimo.
16 Y cuando llegamos a Roma, el centurión entregó los prisioneros al capitán de la guardia: pero a Pablo se le permitió morar aparte, con un soldado que le guardaba.
17 Y aconteció que después de tres días Pablo convocó a los principales de los judíos: y cuando se hubieron reunido, les dijo: Varones y hermanos, aunque yo no he cometido nada contra el pueblo, ni contra las costumbres de nuestros padres, fui entregado prisionero desde Jerusalén en manos de los romanos.
18 Los cuales, cuando me hubieron examinado, quisieron soltarme, porque no había en mí ninguna causa de muerte.
19 Pero cuando los judíos se opusieron, fui constreñido a apelar a César; no porque tenga nada de qué acusar a mi nación.
20 Por esta causa, por tanto, os he llamado, para veros, y para hablar con vosotros: porque por la esperanza de Israel estoy atado con esta cadena.
21 Y ellos le dijeron: Nosotros ni hemos recibido cartas de Judea acerca de ti, ni ninguno de los hermanos que han venido ha mostrado ni hablado ningún mal de ti.
22 Pero queremos oír de ti lo que piensas: porque en cuanto a esta secta, sabemos que en todas partes es contradicha.
23 Y habiéndole señalado un día, vinieron muchos a él a su posada; a los cuales les exponía y testificaba el reino de Yahweh, persuadiéndoles acerca de Yeshua, tanto por la ley de Moisés, como por los profetas, desde la mañana hasta la tarde.
24 Y algunos creían las cosas que se decían, y algunos no creían.
25 Y cuando no estuvieron de acuerdo entre sí, se retiraron, después que Pablo hubo hablado una palabra: Bien habló el Espíritu Santo por medio de Isaías el profeta a nuestros padres,
26 Diciendo: Ve a este pueblo, y di: Oyendo oiréis, y no entenderéis; y viendo veréis, y no percibiréis:
27 Porque el corazón de este pueblo se ha engrosado, y sus oídos son tardos para oír, y han cerrado sus ojos; para que no vean con los ojos, y oigan con los oídos, y entiendan con el corazón, y se conviertan, y yo los sane.
28 Sabed, por tanto, que la salvación de Yahweh es enviada a los gentiles, y que ellos la oirán.
29 Y cuando hubo dicho estas palabras, los judíos se retiraron, y tuvieron gran discusión entre sí.
30 Y Pablo permaneció dos años enteros en su propia casa alquilada, y recibía a todos los que venían a él,
31 Predicando el reino de Yahweh, y enseñando las cosas que conciernen a Yeshua Mesías, con toda confianza, sin que nadie se lo prohibiese.