La Historia de José el Carpintero
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La Historia de José el Carpintero
La Historia de José el Carpintero es uno de los textos de los apócrifos del Nuevo Testamento que se ocupan del período de la vida de Yeshua antes de que cumpliera 12 años. Lo más interesante de la historia es que es narrada por el propio Yeshua en un relato contado a sus discípulos mientras estaban en el Monte de los Olivos.
La historia trata de la vida de José, su padrastro. En ella, Yeshua confirma la virginidad continua de María. El texto explica la relación entre Yeshua y sus hermanos y hermanas al afirmar que José tuvo cuatro hijos llamados Judas, Justo, Santiago y Simón, y dos hijas llamadas Asía y Lidia, de un matrimonio anterior.
A los 90 años, después de la muerte de su primera esposa, a José se le confía el cuidado de la virgen María, de doce años. Ella vive en su casa criando a su hijo menor, Santiago 'el menor', junto con Judas, hasta el tiempo en que ha de casarse a los 14 años.
Debemos recordar que el matrimonio en aquel tiempo no era como es hoy. El matrimonio tenía más que ver con la consumación que con la convivencia. María pudo haber vivido con José a los 12 años, pero no habrían sido considerados casados hasta que hubieran tenido relaciones sexuales. La excepción sería cuando un hombre decidía tomar a una mujer como su esposa pero conservar su virginidad.
Después de este trasfondo básico, el texto procede a parafrasear el Evangelio de Santiago, deteniéndose en el punto del nacimiento de Yeshua. El texto afirma que José fue milagrosamente bendecido con juventud mental y física, y murió a la edad de 111 años. La muerte de José ocupa aproximadamente la mitad de la obra. Al concluir el texto, Yeshua afirma que María permaneció virgen durante todos sus días al dirigirse a ella como 'mi madre, virgen incorrupta'. Las palabras 'virginidad' e 'incorrupta' en este contexto deben relacionarse con las relaciones sexuales y no con los traumas del parto.
El texto dice "Y los santos apóstoles han conservado esta conversación, y la han dejado escrita en la biblioteca de Jerusalén."
Hay indicios de que el texto fue escrito en Egipto en el siglo V d. C. Sobreviven dos versiones, una en copto y la otra en árabe, siendo probable que la versión copta sea la original. Gran parte del texto se basa en material del Evangelio de Santiago.
La fuente utilizada aquí es: La Historia de José el Carpintero, traducida por Alexander Walker. De Ante-Nicene Fathers, vol. 8. Editado por Alexander Roberts, James Donaldson y A. Cleveland Coxe. (Buffalo, NY: Christian Literature Publishing Co., 1886.)
La Historia de José el Carpintero
EN el nombre de Yahweh, de una sola esencia y tres personas. La historia de la muerte de nuestro padre, el santo anciano, José el carpintero. ¡Que sus bendiciones y oraciones nos preserven a todos, oh hermanos! Amén. Toda su vida fue de ciento once años. ¡Oh hermanos! Amén. Toda su vida fue de ciento once años, y su partida de este mundo sucedió el día veintiséis del mes de Abib. ¡Que su oración nos preserve! Amén.
Y, en verdad, fue nuestro Yeshua Mesías mismo quien relató esta historia a sus santos discípulos en el Monte de los Olivos, contando todo el trabajo de José y el fin de sus días. Y los santos apóstoles han conservado esta conversación, y la han dejado escrita en la biblioteca de Jerusalén. ¡Que sus oraciones nos preserven! Amén.
1. Un día, cuando el Salvador, nuestro Maestro y Yahweh, el Salvador Yeshua Mesías, estaba sentado junto con sus discípulos, todos ellos estaban reunidos en el Monte de los Olivos. Él les dijo: Hermanos y amigos míos, hijos del Padre que los ha escogido de entre todos los hombres, ustedes saben que muchas veces les he dicho que debo ser crucificado, y debo morir por la salvación de Adán y su posteridad, y que resucitaré de entre los muertos. Ahora les confiaré la doctrina del santo evangelio que antes les fue anunciada, para que la declaren por todo el mundo. Y los investiré de poder desde lo alto, y los llenaré del Espíritu Santo. Y declararán a todas las naciones el arrepentimiento y la remisión de los pecados. Porque un solo vaso de agua, si un hombre lo hallare en el mundo venidero, es mayor y mejor que todas las riquezas de todo este mundo. Y tanto terreno como un pie puede ocupar en la casa de mi Padre es mayor y más excelente que todas las riquezas de la tierra. Sí, una sola hora en la morada gozosa de los piadosos es más bendita y más preciosa que mil años entre los pecadores, en cuanto su llanto y lamentación no tendrán fin, y sus lágrimas no cesarán, ni hallarán consuelo para sí ni descanso en ningún tiempo, para siempre. Y ahora, miembros honrados míos, vayan y declaren a todas las naciones, y díganles: En verdad el Salvador escudriña diligentemente la herencia que es debida, y es el administrador de la justicia. Y los ángeles derribarán a sus enemigos, y pelearán por ellos en el día del conflicto. Y Él examinará cada palabra necia y vana que los hombres hablen, y darán cuenta de ella. Porque así como nadie escapará de la muerte, así también las obras de cada hombre serán puestas al descubierto en el Día del Juicio, ya hayan sido buenas o malas. Díganles también esta palabra que les he dicho hoy: No se gloríe el fuerte en su fuerza, ni el rico en sus riquezas; sino que el que quiera gloriarse, gloríese en Yahweh. 2. Hubo un hombre cuyo nombre era José, que provenía de una familia de Belén, que era una ciudad de Judá, y era la ciudad del rey David. Este mismo hombre, estando bien provisto de sabiduría y conocimiento, fue hecho sacerdote en el templo de Yahweh. Era hábil en su oficio, que era el de carpintero. Y a la manera de todos los hombres, se casó con una mujer. Además, engendró para sí hijos e hijas: cuatro hijos, a saber, y dos hijas. Ahora bien, estos son sus nombres: Judas, Justo, Santiago y Simón. Los nombres de las dos hijas eran Asía y Lidia. Al fin, la esposa del justo José, una mujer atenta a la gloria divina en todas sus obras, partió de esta vida. Pero José, aquel hombre justo, mi padre según la carne, y el esposo de mi madre María, se fue con sus hijos a su oficio, practicando el arte de carpintero. 3. Ahora bien, cuando el justo José quedó viudo, mi madre María, bendita, santa y pura, tenía ya doce años. Porque sus padres la ofrecieron en el templo cuando tenía tres años de edad, y permaneció en el templo de Yahweh nueve años. Entonces, cuando los sacerdotes vieron que la virgen, santa y temerosa de Yahweh, estaba creciendo, hablaron entre sí, diciendo: Busquemos un hombre, justo y piadoso, a quien María pueda ser confiada hasta el tiempo de su matrimonio; porque si permanece en el templo, le sucederá lo que sucede a las mujeres, y por esa causa pecaríamos, y Yahweh se enojaría con nosotros. (Nota del autor: María estaba en edad de comenzar sus ciclos menstruales, lo cual habría profanado el templo bajo la ley.) 4. Por tanto, enviaron inmediatamente y reunieron a doce ancianos de la tribu de Judá. Y escribieron los nombres de las doce tribus de Israel. Y la suerte cayó sobre el piadoso anciano, el justo José. Entonces los sacerdotes respondieron y dijeron a mi bendita madre: Ve con José, y permanece con él hasta el tiempo de tu matrimonio. El justo José, por tanto, recibió a mi madre y la llevó a su propia casa. Y María encontró a Santiago el Menor en la casa de su padre, con el corazón quebrantado y triste por la pérdida de su madre, y ella lo crió. Entonces María fue llamada la madre de Santiago. Después José la dejó en casa, y se fue al taller donde trabajaba en su oficio de carpintero. Y después que la santa virgen hubo pasado dos años en su casa, su edad era exactamente de catorce años, incluido el tiempo en que él la recibió. 5. Y yo la escogí por mi propia voluntad, con la concurrencia de mi Padre, y el consejo del Espíritu Santo. Y fui hecho carne de ella, por un misterio que trasciende el alcance de la razón creada. Y tres meses después de su concepción, el hombre justo José regresó del lugar donde trabajaba en su oficio; y cuando encontró a mi madre virgen encinta, quedó muy perplejo, y pensó en despedirla en secreto. Pero por el temor, y la tristeza, y la angustia de su corazón, no pudo soportar ni comer ni beber aquel día. 6. Pero al mediodía se le apareció en un sueño el príncipe de los ángeles, el santo Gabriel, provisto de un mandato de mi Padre; y le dijo: José, hijo de David, no temas tomar a María como tu esposa, porque ella ha concebido del Espíritu Santo; y dará a luz un hijo, cuyo nombre será llamado Yeshua. Él es quien gobernará a todas las naciones con vara de
de hierro. Habiendo hablado así, el ángel se apartó de él. Y José se levantó de su sueño, e hizo como el ángel de Yahweh le había dicho; y María permaneció con él. 7. Algún tiempo después de esto, salió una orden de Augusto César el rey, de que todo el mundo habitable fuera empadronado, cada hombre en su propia ciudad. El anciano, el justo José, se levantó y tomó a la virgen María y vino a Belén, porque el tiempo de su alumbramiento estaba cercano. José inscribió su nombre en la lista; porque José, hijo de David, y cuya esposa era María, era de la tribu de Judá. Y en verdad María, mi madre, me dio a luz en Belén, en una cueva cerca del sepulcro de Raquel, esposa del patriarca Jacob, madre de José y de Benjamín. 8. Pero Satanás fue y contó esto a Herodes el Grande, padre de Arquelao. Y fue este mismo Herodes quien ordenó que mi amigo y pariente Juan fuera decapitado. Por consiguiente, me buscó diligentemente, pensando que mi reino había de ser de este mundo. Pero José, aquel piadoso anciano, fue avisado de esto por un sueño. Por tanto, se levantó y tomó a María mi madre, y yo reposaba en su regazo; Salomé también era su compañera de viaje. Habiendo, pues, salido de casa, se retiró a Egipto, y permaneció allí el espacio de un año entero, hasta que pasó el odio de Herodes. 9. Ahora bien, Herodes murió de la peor forma de muerte, expiando el derramamiento de la sangre de los niños a quienes malvadamente quitó la vida, aunque no había pecado en ellos. Y muerto aquel impío Herodes, volvieron a la tierra de Israel, y vivieron en una ciudad de Galilea que se llama Nazaret. Y José, volviendo a su oficio de carpintero, ganaba su sustento con el trabajo de sus manos; porque, como la Ley de Moisés había mandado, nunca buscó vivir del trabajo de otro. Al fin, con el aumento de los años, el anciano llegó a una edad muy avanzada. Sin embargo, no padecía debilidad corporal alguna, ni su vista había fallado, ni diente alguno había perecido de su boca. Durante todo el tiempo de su vida, su mente nunca divagó; sino que, como un muchacho, siempre desplegó en su ocupación vigor juvenil, y sus miembros permanecieron sin menoscabo y libres de todo dolor. Su vida, pues, en total, ascendió a ciento once años, habiéndose prolongado su vejez hasta el límite extremo. 10. Sus hijos Justo y Simeón, los hijos mayores de José, estaban casados y tenían sus propias familias. Ambas hijas estaban igualmente casadas y vivían en sus propias casas. Así que permanecieron en la casa de José Judas y Santiago el Menor, y mi madre virgen. Yo, además, moraba con ellos, como si hubiera sido uno de sus hijos. Pero pasé toda mi vida sin falta. A María la llamaba mi madre, y a José, padre; y les obedecía en todo lo que decían; nunca contendí contra ellos, sino que cumplía sus mandatos, como suelen hacer los demás hombres que la tierra produce; ni en ningún tiempo provoqué su ira, ni di palabra ni respuesta alguna en oposición a ellos. Al contrario, los amaba con gran amor, como a la niña de mi ojo. 12. Aconteció, después de estas cosas, que la muerte de aquel anciano, el piadoso José, y su partida de este mundo, se acercaban, como sucede a los demás hombres que deben su origen a esta tierra. Y como su cuerpo estaba al borde de la disolución, un ángel de Yahweh le informó que su muerte estaba ya cercana. Por tanto, vinieron sobre él temor y gran perplejidad. Así que se levantó y fue a Jerusalén; y entrando en el templo de Yahweh, derramó allí sus oraciones ante el santuario, y dijo: 13. Oh Yahweh, autor de todo consuelo, Yahweh de toda compasión y Yahweh de todo el género humano; Yahweh de mi alma, cuerpo y espíritu; con súplicas te reverencio, oh Yahweh y mi Yahweh. Si ahora mis días han terminado, y se acerca el tiempo en que debo dejar este mundo, envíame, te ruego, al gran Miguel, el príncipe de tus santos ángeles: que permanezca conmigo, para que mi miserable alma parta de este cuerpo afligido sin dificultad, sin terror ni impaciencia. Porque gran temor e intensa tristeza se apoderan de todos los cuerpos el día de su muerte, ya sea hombre o mujer, bestia salvaje o mansa, o cuanto se arrastra sobre la tierra o vuela en el aire. Al fin, todas las criaturas bajo el cielo en quienes está el aliento de vida son golpeadas de horror, y sus almas parten de sus cuerpos con fuerte temor y gran agonía. Oh Rey, por tanto, oh Yahweh y mi Yahweh, que tu santo ángel esté presente con su ayuda para mi alma y mi cuerpo, hasta que sean separados el uno del otro. Y que el rostro del ángel, designado mi guardián desde el día de mi nacimiento, no se aparte de mí, hasta que haya cumplido mi jornada, hasta que me lleve a ti: que su semblante me sea agradable y alegre, y que me acompañe en paz. Y que no se acerquen a mí demonios de aspecto espantoso en el camino por el que he de ir, hasta que llegue a ti en bienaventuranza. Y que los porteros no impidan a mi alma entrar en el paraíso. Y no descubras mis pecados, ni me expongas a confusión y condenación ante tu terrible tribunal. Que los leones no se abalancen sobre mí; ni me abrumen las olas del mar de fuego —pues por esto debe pasar toda alma— antes de que haya visto la gloria de tu Deidad. Oh Yahweh, justísimo Juez, que en justicia y equidad juzgarás al género humano y darás a cada uno según sus obras, oh Yahweh y mi Yahweh, te ruego, está presente para mí en tu compasión, y alumbra mi senda para que pueda llegar a ti; porque tú eres una fuente que rebosa de todas las cosas buenas, y de gloria para siempre. Amén. (Nota del autor: Las ideas de porteros, demonios que desafían a los muertos y paso escoltado al paraíso parecen indicar una influencia religiosa romana.) 14. Aconteció después de esto, cuando volvió a su propia casa en la ciudad de Nazaret, que fue aquejado por una enfermedad y tuvo que guardar cama. Y fue en este tiempo que murió, según el destino de todo el género humano. Porque esta enfermedad fue muy pesada sobre él, y nunca había estado enfermo, como ahora lo estaba, desde el día de su nacimiento. Y así, ciertamente, plugo al Mesías (el ungido) disponer el destino del justo José. Vivió cuarenta años sin casarse; después, su esposa permaneció bajo su cuidado cuarenta y nueve años, y luego murió. Y un año después de su muerte, mi madre, la bendita María, fue confiada a
él por los sacerdotes, para que la guardara hasta el tiempo de su matrimonio. Ella pasó dos años en su casa; y en el tercer año de su permanencia con José, en el decimoquinto año de su edad, me dio a luz en la tierra por un misterio que ninguna criatura puede penetrar ni entender, excepto yo mismo, y mi Padre y el Espíritu Santo, que constituyen una sola esencia conmigo. 15. Toda la edad de mi padre, pues, aquel anciano justo, fue de ciento once años, habiéndolo así decretado mi Padre en el cielo. Y el día en que su alma dejó su cuerpo fue el veintiséis del mes de Abib. Porque ahora el oro fino comenzó a perder su esplendor, y la plata a desgastarse por el uso. Quiero decir su entendimiento y su sabiduría. También aborreció la comida y la bebida, y perdió toda su habilidad en el oficio de carpintero, y ya no le prestó atención. Aconteció, pues, en la madrugada del día veintiséis de Abib, que José, aquel anciano justo, acostado en su cama, estaba entregando su alma inquieta. Entonces abrió su boca con muchos suspiros, y golpeó sus manos una contra la otra, y con voz fuerte clamó, y habló de la siguiente manera. 16. ¡Ay del día en que nací al mundo! ¡Ay del vientre que me llevó! ¡Ay de las entrañas que me admitieron! ¡Ay de los pechos que me amamantaron! ¡Ay de los pies sobre los que me senté y descansé! ¡Ay de las manos que me llevaron y me criaron hasta que crecí! Porque fui concebido en iniquidad, y en pecados me deseó mi madre. ¡Ay de mi lengua y de mis labios, que han proferido y hablado vanidad, detracción, falsedad, ignorancia, burla, cuentos ociosos, astucia e hipocresía! ¡Ay de mis ojos, que han mirado cosas escandalosas! ¡Ay de mis oídos, que se han deleitado en las palabras de los calumniadores! ¡Ay de mis manos, que se han apoderado de aquello que por derecho no les pertenecía! ¡Ay de mi vientre y de mis entrañas, que han codiciado comida ilícita e impura! ¡Ay de mi garganta, que como un fuego ha consumido todo lo que encontró! ¡Ay de mis pies, que con demasiada frecuencia han andado en caminos que desagradan a Yahweh! ¡Ay de mi cuerpo; y ay de mi miserable alma, que ya se ha apartado de Yahweh su Hacedor! ¿Qué haré? Porque estoy en ese lugar donde debo comparecer ante el justísimo Juez, y cuando Él me llame a dar cuenta de las obras que he hecho en mi juventud, ¿dónde me esconderé yo, como todo hombre que muere en sus pecados? Ciertamente, esa misma hora terrible que vino sobre mi padre Jacob, cuando su alma volaba de su cuerpo, está ya cercana para mí. ¡He aquí, oh! ¡Cuán miserable soy en este día, y digno de lamentación! Pero Yahweh solo es el juez de mi alma y de mi cuerpo; Él también tratará con ellos según su propio beneplácito. 17. Estas son las palabras dichas por José, aquel anciano justo. Y yo, entrando junto a él, hallé su alma sumamente turbada, porque estaba puesto en gran perplejidad. Y le dije: ¡Salve, padre mío José, hombre justo! ¿Cómo estás? Y él me respondió: ¡Salve, hijo mío muy amado! En verdad, la agonía y el temor de la muerte ya me han rodeado; pero tan pronto como oí tu voz, mi alma descansó. ¡Oh Yeshua de Nazaret! ¡Yeshua, mi Salvador! ¡Yeshua, el libertador de mi alma! ¡Yeshua, mi protector! ¡Yeshua! ¡Oh nombre dulcísimo en mi boca, y en la boca de todos los que lo aman! ¡Oh ojos que ven, y oídos que oyen, óiganme! Yo soy tu siervo; en este día te reverencio muy humildemente, y ante ti derramo mis lágrimas. Tú eres enteramente mi Yahweh; Tú eres mi Yeshua, como el ángel me ha dicho innumerables veces, y especialmente en aquel día en que mi alma era agitada por pensamientos perversos acerca de la pura y bendita María, que te llevaba en su vientre, y a quien yo pensaba despedir en secreto. Y mientras así meditaba, he aquí, se me aparecieron en mi descanso ángeles de Yahweh, diciéndome en un misterio maravilloso: Oh José, hijo de David, no temas recibir a María como tu esposa; porque lo que en ella ha sido concebido, no hables palabras indecorosas acerca de su concepción, porque está encinta del Espíritu Santo, y te dará a luz un hijo, cuyo nombre será llamado Yeshua, porque Él salvará a su pueblo de sus pecados. No me desees mal por esta causa, oh Yeshua, porque yo no estaba enterado del misterio de tu nacimiento. También recuerdo, mi Yeshua, aquel día en que el muchacho murió por la mordedura de la serpiente. Y sus parientes quisieron entregarte a Herodes, diciendo que tú lo habías matado; pero tú lo resucitaste de entre los muertos y se lo devolviste. (Nota del autor: Esto se refiere a uno de los Evangelios de la Infancia, y es una indicación de la fecha más temprana de este libro, ya que no pudo haber sido escrito antes que el Evangelio de la Infancia o al menos la tradición oral de la que aquel se nutrió.) Entonces subí a ti, y tomé tu mano, diciendo: Hijo mío, cuídate. Pero tú me dijiste en respuesta: ¿No eres tú mi padre según la carne? Yo te enseñaré quién soy. Ahora, pues, oh Yeshua y mi Yahweh, no te enojes conmigo, ni me condenes por causa de aquella hora. Yo soy tu siervo, y el hijo de tu sierva; pero Tú eres mi Yeshua, mi Yahweh y Salvador, ciertísimamente el Hijo de Yahweh. 18. Cuando mi padre José hubo hablado así, ya no pudo llorar más. Y vi que la muerte tenía ya dominio sobre él, y mi madre, virgen incorrupta, se levantó y vino a mí, diciendo: Oh hijo mío amado, este piadoso anciano José está muriendo ahora. Y yo dije: Oh madre mía queridísima, ciertamente sobre todas las criaturas producidas en este mundo pesa la misma necesidad de morir; porque la muerte tiene dominio sobre toda carne. Más aún, madre mía, la muerte tiene dominio también sobre ti. Oh madre mía virgen, debes aguardar el mismo fin de vida que los demás mortales. Y, sin embargo, tu muerte, como también la muerte de este hombre piadoso, sino vida que perdura hasta la eternidad. Más aún, incluso yo debo morir, en cuanto al cuerpo que he recibido de ti. Pero levántate, oh madre mía venerable, y entra a donde está José, aquel bendito anciano, para que veas lo que sucederá cuando su alma ascienda de su cuerpo. (Nota del autor: Este pasaje se opone a la doctrina católica de la asunción de María.) 19. Mi madre María, incorrupta, fue, por tanto, y entró en el lugar donde estaba José. Y yo estaba sentado a sus pies mirándolo, porque las señales de la muerte aparecían ya en su semblante. Y aquel bendito anciano levantó su cabeza, y mantuvo sus ojos fijos en mi rostro; pero no tenía poder para hablarme, a causa de las agonías de la muerte, que lo tenían en sus
garras. Pero seguía dando muchos suspiros. Y sostuve sus manos durante una hora entera; y él volvió su rostro hacia mí, y me hizo señas de que no lo dejara. Después puse mi mano sobre su pecho, y percibí que su alma estaba ya cerca de su garganta, preparándose para partir de su receptáculo. 20. Y cuando mi madre virgen vio que yo tocaba su cuerpo, ella también tocó sus pies. Y hallándolos ya muertos y desprovistos de calor, me dijo: Oh hijo mío amado, ciertamente, y dijo a ellos: Venid, cuantos sois, e id a vuestro padre; porque ciertamente él está ya en el mismo punto de la muerte. Y Asía, su hija, respondió y dijo: ¡Ay de mí, oh hermanos míos! Esta es ciertamente la misma enfermedad de la que murió mi amada madre. Y se lamentó y derramó lágrimas; y todos los demás hijos de José se lamentaron junto con ella. Y mi madre María, y yo también, lloramos junto con ellos. 21. Y volviendo mis ojos hacia la región del sur, vi que la Muerte se acercaba ya, y todo el Gehena con ella, y muy acompañada por su ejército y sus satélites; y sus ropas, sus rostros y sus bocas derramaban llamas. Y cuando mi padre José los vio venir directamente hacia él, sus ojos se disolvieron en lágrimas, y al mismo tiempo gimió de una manera extraña. Por consiguiente, cuando vi la vehemencia de sus suspiros, hice retroceder a la Muerte y a toda la hueste de siervos que la acompañaba. Y llamé a mi buen Padre, diciendo: 22. Oh Padre de toda misericordia, ojo que ve y oído que oye, escucha mis oraciones y súplicas en favor del anciano José; y envía a Miguel, el príncipe de tus ángeles, a Gabriel, el heraldo de la luz, y a toda la luz de tus ángeles, y que todo su ejército camine con el alma de mi padre José, hasta que la hayan conducido a ti. Esta es la hora en que mi padre tiene necesidad de compasión. Y os digo que todos los santos, sí, cuantos hombres nacen en el mundo, ya sean justos o ya sean perversos, deben por necesidad gustar la muerte. 23. Por tanto, Miguel y Gabriel vinieron al alma de mi padre José, y la tomaron, y la envolvieron en una envoltura resplandeciente. Así entregó él su espíritu en las manos de mi buen Padre, y Él le concedió paz. Pero todavía ninguno de sus hijos sabía que se había dormido. Y los ángeles preservaron su alma de los demonios de las tinieblas que estaban en el camino, y alabaron a Yahweh hasta que la condujeron a la morada de los piadosos. 24. Ahora bien, su cuerpo yacía postrado y exangüe; por lo cual extendí mi mano, y le acomodé los ojos y le cerré la boca, y dije a la virgen María: Oh madre mía, ¿dónde está la habilidad que mostró en todo el tiempo que vivió en este mundo? He aquí, ha perecido, como si nunca hubiera existido. Y cuando sus hijos me oyeron hablar con mi madre, la virgen pura, supieron que ya había exhalado su último aliento; y derramaron lágrimas y se lamentaron. Pero yo les dije: Ciertamente, la muerte de vuestro padre no es muerte, sino vida eterna; porque ha sido liberado de los problemas de esta vida, y ha pasado al reposo perpetuo y eterno. Cuando oyeron estas palabras, rasgaron sus vestiduras y lloraron. 25. Y, en verdad, los habitantes de Nazaret y de Galilea, habiendo oído su lamentación, acudieron a ellos en multitud, y lloraron desde la hora tercera hasta la novena. Y a la hora novena todos fueron juntos al lecho de José. Y levantaron su cuerpo; lo habían ungido con ungüentos costosos. Pero yo rogué a mi Padre en la oración de los celestiales (los cielos), esa misma oración que con mi propia mano hice antes de ser llevado en el vientre de la Virgen María, mi madre. Y tan pronto como la hube terminado y pronuncié el amén, subió una gran multitud de ángeles; y ordené a dos de ellos que extendieran sus vestiduras resplandecientes y envolvieran en ellas el cuerpo de José, el bendito anciano. 26. Y dije a José, y dije: El olor de la corrupción de la muerte no tendrá dominio sobre ti, ni gusano alguno de tu cuerpo perecerá de tu cuerpo. Ni un solo miembro de él será quebrado, ni cabello alguno de tu cabeza será cambiado. Nada de tu cuerpo perecerá, oh padre mío José, sino que permanecerá entero e incorrupto hasta el banquete de los mil años. Y a quienquiera que haga una ofrenda en el día de tu conmemoración, yo lo bendeciré y lo recompensaré en la congregación de las vírgenes; y quienquiera que dé de comer a los miserables, a los pobres, a las viudas y a los huérfanos, del trabajo de sus manos, en el día en que tu memoria sea celebrada, y en tu nombre, no carecerá de cosas buenas todos los días de su vida. Y a quienquiera que haya dado una copa de agua, o de vino, para beber a la viuda o al huérfano en tu nombre, yo te lo entregaré, para que entres con él al banquete de los mil años. Y a todo hombre que presente una ofrenda en el día de tu conmemoración, yo lo bendeciré y lo recompensaré en la iglesia de las vírgenes: por uno le daré treinta, sesenta y ciento. Y a quienquiera que escriba la historia de tu trabajo y de tu partida de este mundo, y esta narración que ha salido de mi boca, yo lo confiaré a tu cuidado mientras tenga que ver con esta vida. Y cuando su alma parta del cuerpo, y cuando deba dejar este mundo, yo quemaré el libro de sus pecados, ni lo atormentaré con castigo alguno en el día del juicio; sino que cruzará el mar de llamas y lo atravesará sin dificultad ni dolor. Y sobre todo hombre pobre que no pueda dar ninguna de las cosas que he mencionado recae esto: que si le nace un hijo, llamará su nombre José. Así no habrá en esa casa pobreza ni muerte repentina alguna para siempre. 27. Después de esto, los hombres principales de la ciudad se reunieron en el lugar donde había sido puesto el cuerpo del bendito anciano José, trayendo consigo ropas de entierro; y quisieron envolverlo en ellas a la manera en que los judíos suelen disponer sus cuerpos muertos. Y percibieron que él mantenía firme su sudario; porque se adhería al cuerpo de tal manera que, cuando quisieron quitárselo, se halló que era como hierro, imposible de mover o de soltar. Ni pudieron hallar extremo alguno en aquella pieza de lino, lo cual los golpeó con el mayor asombro. Al fin lo llevaron fuera a un lugar donde había una cueva, y abrieron la puerta, para poder enterrar su cuerpo junto a los cuerpos de sus padres. Entonces vino a mi mente el día en que él caminó conmigo a Egipto, y aquella extrema dificultad que soportó por mi causa. Por consiguiente, lamenté su muerte por largo tiempo; y recostado sobre su cuerpo, dije:
28. ¡Oh Muerte! que haces desvanecer todo conocimiento, y levantas tantas lágrimas y lamentaciones, ciertamente es Yahweh mi Padre mismo quien te ha concedido este poder. Porque los hombres mueren por la transgresión de Adán y su esposa Eva, y la Muerte no perdona ni a uno solo. Sin embargo, nada le sucede a nadie, ni le es traído, sin el mandato de mi Padre. Ciertamente ha habido hombres que han prolongado su vida hasta novecientos años; pero murieron. Sí, aunque algunos de ellos han vivido más, han sucumbido, no obstante, al mismo destino; ni ninguno de ellos ha dicho jamás: No he gustado la muerte. Porque Yahweh nunca envía el mismo castigo más de una vez, ya que procede de mi Padre traerlo sobre los hombres. Y en el mismo momento en que ella, saliendo, contempla el mandato que desciende a ella desde el cielo, dice: Saldré contra ese hombre, y lo conmoveré grandemente. Entonces, sin demora, acomete contra el alma, y obtiene el dominio de ella, haciendo con ella lo que quiere. Porque, debido a que Adán no hizo la voluntad de mi Padre, sino que transgredió su mandamiento, la ira de mi Padre se encendió contra él, y lo condenó a muerte; y así fue como la muerte entró en el mundo. Pero si Adán hubiera observado los preceptos de mi Padre, la muerte nunca habría caído en su suerte. ¿Pensáis que puedo pedir a mi buen Padre que me envíe un carro de fuego, que pueda tomar el cuerpo de mi padre José y llevarlo al lugar de reposo, para que habite con los espíritus? Pero a causa de la transgresión de Adán, esa dificultad y violencia de la muerte ha descendido sobre todo el género humano. Y es por esta causa que yo debo morir según la carne, por mi obra que he creado, para que ellos obtengan gracia. 29. Habiendo hablado así, abracé el cuerpo de mi padre José, y lloré sobre él; y abrieron la puerta del sepulcro, y pusieron su cuerpo en él, cerca del cuerpo de su padre Jacob. Y en el tiempo en que se durmió había cumplido ciento once años. Nunca le había dolido un diente en su boca, ni su vista se hizo menos aguda, ni su cuerpo se encorvó, ni su fuerza se menoscabó; sino que trabajó en su oficio de carpintero hasta el último día de su vida; y ese fue el día veintiséis del mes de Abib. 30. Y nosotros, los apóstoles, cuando oímos estas cosas de nuestro Salvador, nos levantamos gozosos, y nos postramos en honor de Él, y dijimos: Oh Salvador nuestro, muéstranos tu gracia. Ahora, en verdad, hemos oído la palabra de vida; sin embargo, nos maravillamos, oh Salvador nuestro, del destino de Enoc y Elías, en cuanto no tuvieron que sufrir la muerte. Porque en verdad ellos habitan en la morada de los justos hasta el día de hoy, sin que sus cuerpos hayan visto corrupción. Sin embargo, aquel anciano José el carpintero fue, no obstante, tu padre según la carne. Y nos has ordenado ir por todo el mundo y predicar el santo Evangelio; y Tú has dicho: Relatadles la muerte de mi padre José, y celebradle con solemnidad anual una fiesta y un día sagrado. Y quienquiera que quite algo de esta narración, o le añada algo, comete pecado. Nos maravillamos especialmente de que José, aun desde aquel día en que Tú naciste en Belén, te llamó su hijo según la carne. Entonces, ¿no lo hiciste inmortal también a él como a ellos, y Tú dices que él era justo y escogido? 31. Y nuestro Salvador respondió y dijo: En verdad, la profecía de mi Padre sobre Adán, por su desobediencia, se ha cumplido ahora. Y todas las cosas están dispuestas según la voluntad y el beneplácito de mi Padre. Porque si un hombre rechaza el mandamiento de Yahweh, y sigue las obras del diablo cometiendo pecado, su vida es disminuida; porque es preservado para que quizá se arrepienta, y reflexione que debe ser entregado en manos de la muerte. Pero si alguno ha sido celoso de buenas obras, su vida también es prolongada, para que, a medida que aumenta la fama de su vejez, los hombres rectos lo imiten. Pero cuando veis a un hombre cuya mente es propensa a la ira, ciertamente sus días son acortados; porque son estos los que son quitados en la flor de su edad. Toda profecía, por tanto, que mi Padre ha pronunciado acerca de los hijos de los hombres, debe cumplirse en cada detalle. Pero con referencia a Enoc y Elías, y a cómo permanecen vivos hasta este día, conservando los mismos cuerpos con los que nacieron, y en cuanto a lo que concierne a mi padre José, a quien no se le ha permitido, como a ellos, permanecer en el cuerpo: en verdad, aunque un hombre viva en el mundo muchos miríadas de años, sin embargo, en un momento u otro se ve obligado a cambiar la vida por la muerte. (Véase "El libro perdido de Enoc", publicado por Fifth Estate.) Y os digo, oh hermanos míos, que ellos también, Enoc y Elías, deben hacia el fin del tiempo volver al mundo y morir —en el día, a saber, de conmoción, de terror, de perplejidad y de aflicción. Porque el Anticristo matará cuatro cuerpos, y derramará su sangre como agua, a causa del ridículo al que lo expondrán, y la ignominia con que ellos, en su vida, lo marcarán cuando revelen su impiedad. (Nota del autor: Esto puede referirse a los dos testigos que se encuentran en el libro de Apocalipsis, que fueron enviados desde el cielo y son asesinados en las calles por predicar la palabra de Yahweh.) 32. Y dijimos: Oh nuestro Yeshua, nuestro Yahweh y Salvador, ¿quiénes son esos cuatro de quienes Tú has dicho que el Anticristo cortará a causa del ridículo que traen sobre él? Yeshua respondió: Son Enoc, Elías, Schila y Tabita. Cuando oímos esto de nuestro Salvador, nos regocijamos y nos exultamos; y ofrecimos toda gloria y acción de gracias a Yahweh, y a nuestro Salvador Yeshua Mesías. Él es a quien se debe gloria, honor, dignidad, dominio, poder y alabanza, así como al buen Padre con Él, y al Espíritu Santo que da vida, ahora y en todo tiempo para siempre. Amén. (Nota del autor: Tabita y Schila fueron resucitados de la muerte por Yeshua.) (Aquí termina la historia contada por Yeshua a sus discípulos cuando estaban juntos en el Monte de los Olivos.)
[Introducciones y cartas de Poncio Pilato: introducciones editoriales]
Carta de Herodes a Pilato el Gobernador y carta de Pilato a Herodes Estas cartas conectan la historia romana con la muerte de Yeshua en Jerusalén. Se hallaron dos copias. Las cartas localizadas en el Museo Británico fueron escritas en siríaco y datadas en el siglo VI o VII d. C. Las localizadas en un museo de París están escritas en griego. La carta de Herodes a Pilato el Gobernador nos da una visión detallada de lo que le aconteció a Herodes después de la crucifixión del Mesías. La carta escrita por Pilato, el Gobernador de Judea, es en respuesta a la carta escrita por Herodes, en la que Herodes describe todos los males que le han acontecido a él y a su casa desde la crucifixión del Mesías. Pilato habla de los muchos sucesos sobrenaturales que él mismo había confirmado acerca de la muerte y la subsiguiente resurrección de Yeshua.
La Epístola de Poncio Pilato La Epístola de Poncio Pilato fue escrita como un informe a Tiberio César, Emperador de Roma, acerca de la crucifixión de Yeshua. La Epístola habla de sucesos sobrenaturales relacionados con la muerte del Mesías.
El Informe de Poncio Pilato a Tiberio El Informe de Poncio Pilato a Tiberio fue considerado genuino por los padres de la iglesia primitiva. Consiste en una carta escrita por Poncio Pilato, Procurador de Judea, a Tiberio César, el Emperador de Roma, sobre las circunstancias de la crucifixión del Mesías y los sucesos inmediatamente posteriores a la muerte del Mesías. En esta carta, Poncio Pilato, testigo presencial de estos sucesos, relata muchos de los milagros realizados por el Mesías. Pero, lo más importante, describe en detalle los sucesos sobrenaturales en el tiempo en que el Mesías fue crucificado.
Cartas entre Pilato y Séneca Históricamente, poco se sabe acerca de Poncio Pilato. Fue Procurador de Judea desde el año 26 hasta el 36 d. C. y fue llamado de vuelta en el año en que murió el Emperador Tiberio. Fue llamado de vuelta porque se lo consideraba un fracaso en el cargo de Procurador. Aunque la historia no nos da mucho en qué basarnos, se sabe que los hombres atrapados en esta posición solían suicidarse porque hacerlo se consideraba una salida honorable para que su familia pudiera heredar su propiedad. Si eran procesados, todas sus posesiones habrían sido confiscadas por el Estado. Las actividades de Juan el Bautista y Yeshua de Nazaret tuvieron lugar hacia el fin de la primera mitad de su período en el cargo. Hay referencias a él en el historiador judío Josefo y en el filósofo judío Filón de Alejandría, y están los relatos del juicio de Yeshua, que son ofrecidos por los escritores de los Evangelios. Las 'Cartas' fueron dirigidas por Pilato a su amigo Lucio Anneo Séneca el joven, que más tarde sería el tutor del joven Emperador Nerón (y que se suicidaría por orden suya), y que es conocido por la posteridad como un filósofo liberal y escritor de ensayos morales y tragedias que pocos hombres leen. De las 'Cartas' se desprende que, aun en su temprana edad adulta, Séneca estaba interesado en el difícil problema que Pilato tuvo que manejar: el problema de una Potencia militante que gobierna a un pueblo súbdito cuya religión no solo era el objeto principal de su lealtad, sino que en realidad rechazaba la idea de un señorío extranjero y sus símbolos. Las cartas dan una visión del clima político y de cómo Pilato abordó su tarea como Procurador. Él confronta los levantamientos de Juan el Bautista y de Yeshua con la misma actitud y conclusión. Queda al lector decir hasta qué punto pueden considerarse auténticas; hasta qué punto, es decir, pueden aceptarse como un relato del período que no solo es creíble en sí mismo, sino que en puntos importantes es más creíble que las narraciones existentes. Cartas de Poncio Pilato, escritas durante su gobierno de Judea a su amigo Séneca en Roma, están adaptadas de las editadas por W. P. CROZIER (antes Becario del Trinity College, Oxford), Londres. Publicado por primera vez en 1928